Por Carlos Cantero Ojeda | Académico, ex senador de Chile

¿Quiénes son los vándalos: los saqueadores o los políticos que generan las condiciones?

Es un fenómeno global, no un exabrupto juvenil ni una indignación episódica. Esta vez, en 34 ciudades de Alemania, movilizaciones pacíficas convocadas por la plataforma Generación Z regelt! derivaron en focos de violencia. Acción y reacción: es el síntoma de una fractura estructural, la quiebra del pacto social, el desamparo democrático y la extrema tensión ética de nuestro tiempo.

Nada justifica la violencia y los saqueos. Pero, cuando la ciudadanía reclama bienes públicos: educación de calidad, infraestructura escolar, vivienda, salud mental, justicia ambiental y solo recibe cancelación, promesas incumplidas y una militarización que busca judicializar el reclamo, ¡la protesta violenta deja de ser un acto irresponsable! Es frustración, desesperanza, tolerancia rota: una sociedad alienada y traicionada por la corrupción ideológica de la política y los políticos.

Esa violencia muestra una trágica desorientación. La rabia contra los políticos, anárquica y radicalizada, se desborda sobre el entorno de la propia ciudadanía y el comercio local, en vez de interpelar al poder real. Es violencia contra los pares, por falta de canales institucionales: abusados convertidos en abusadores de quienes no pueden defenderse ni son defendidos.

El verdadero mapa del poder

Posdemocracia y capitalismo de vigilancia:La política tradicional se redujo a pura farándula. No vivimos una democracia representativa, sino una posdemocracia (Colin Crouch). Las instituciones son remedos; los políticos, figuras decorativas, gestores de una “política pop”, una “sociedad de farándula” o una “democracia del espectáculo” que aparenta debatir, mientras lo decisivo se resuelve en espacios tecnocráticos y globales -tratados de libre comercio, convenciones internacionales y diseños de algoritmos-, sin ningún control ciudadano.

Si el poder no está en la política, ¿dónde está? Como la energía en la termodinámica, no se destruye ni desaparece: se transforma y cambia de manos. Se ha desplazado hacia la élite de la netocracia y el capitalismo de vigilancia (Shoshana Zuboff). En la sociedad algorítmica se procesa, mercantiliza y predice la conducta humana, moldeando atención, deseo y prioridades colectivas a espaldas de la voluntad popular o por la permisividad del sedentarismo cognitivo (Juan Corvalán).

Frente a esta élite opaca, la clase política exhibe una aparente mediocridad e ignorancia. Incapaz de incidir donde se decide, recurre a la “banalidad del bien”, al enfoque penal, la hiperregulación y el control policial, resolviendo por coacción lo que no supo articular con razón democrática.

La raíz del problema: Una severa y profunda crisis ética.El núcleo de esta encrucijada no es político, económico, técnico, presupuestario ni legal. La crisis que vivimos es fundamentalmente ética.

En la tradición del pensamiento filosófico y humanista, el verbo (el logos) no es una abstracción: es palabra hecha acción, generativa y replicativa, que construye realidad y sentido colectivo. “En el principio fue el verbo”, y el verbo exige referentes éticos que enuncien el bien común. Pero los de ayer (iglesias, Masonería, filosofía) se debaten entre la banalidad del bien y el síndrome de la irrelevancia; predican buenas intenciones mientras la realidad se desmorona frente a sus narices.

Las instituciones espirituales, las iglesias y los referentes éticos: Antiguos faros morales, perdieron influencia, legitimidad y credibilidad por degradación, politización y disputas por liderazgos vanos.

Las instituciones laicas y de pensamiento: La filosofía académica y la Masonería quedaron relegadas a la irrelevancia en la “sociedad del cansancio” (Byung-Chul Han), abrumadas por inmediatez, superficialidad, procrastinación y vacuidad.

Los Derechos Humanos: Máxima expresión de la dignidad humana, instrumentalizados políticamente, perdieron su raíz filosófica y quedaron reducidos a eslóganes de conveniencia, sin coherencia ni consecuencia, especialmente en la polarización.

Como advertía Hannah Arendt, sin autoridad ni institucionalidad la sociedad pierde su eje vertical unificador. Desdibujada la virtud (la fragmentación moral que diagnostica Alasdair MacIntyre), la ciudadanía queda expuesta al sedentarismo cognitivo y la pasividad analítica que define Juan Corvalán. El gran riesgo está en delegar el juicio en algoritmos que aletargan el pensamiento crítico y la agencia humana.

En la “modernidad líquida” de Zygmunt Bauman, los valores estables se desvanecen. Y, como advierte Giorgio Agamben, el Estado sin legitimidad moral instaura un “estado de excepción” permanente: sustituye la formación ética del ciudadano por represión, estigmatización y descalificación, sin responder a las demandas sociales con políticas públicas pertinentes y oportunas. Me pregunto: ¿quiénes son más vándalos, los que ejercen violencia y saqueos o los políticos que generan esas condiciones?

Psicología de masas, agresión anómica y el alma de la sociedad.La sociología y la psicología de masas tienen abundantes evidencias que prueban cómo el individuo, en la multitud, pierde autonomía y se vuelve sugestionable. Bajo emociones intensificadas y la percepción de una “violencia estructural” del sistema, los frenos individuales se diluyen: lo vemos en las calles, en los estadios, en nuestro entorno.

Hay, además, una dimensión antropológica: la pérdida del sentido de la vida y del alma de la persona, la familia y la sociedad. Que la frustración golpee pequeños comercios y bienes comunitarios, y no a las élites políticas o tecnocráticas, refleja una profunda anomia social. La violencia indiscriminada es la única visibilidad posible ante un sistema inoperante y falaz.

El resultado es una población agotada: el síndrome del burnout, cansancio y apatía, atrapada en una dicotomía aberrante donde la ciudadanía se empobrece mientras las élites políticas y tecnocráticas acrecientan poder, patrimonio y privilegios.

El imperativo humanista: La urgencia de una referencia ética.No bastan castigos ni parches burocráticos. Según los estudios globales, la ciudadanía dejó atrás las viejas disputas ideológicas: exige bienes públicos de calidad, un Estado ético y una democracia sólida, estable y protectora.

Trascender la posdemocracia y la sociedad del cansancio obliga a recuperar el pensamiento crítico y la dimensión ética del logos. La ética pública y la dignidad que defiende Adela Cortina, junto a un nuevo equilibrio eco-ético-sistémico-relacional frente a la vorágine digital, señalan el camino: es urgente reconstituir consensos sobre principios y valores éticos compartidos, reponer la autoridad moral y fortalecer los liderazgos éticos.

Recuperar la convivencia pacífica y el bienestar común exige:

Superar la banalidad: Reivindicar la reflexión filosófica frente al espectáculo farandulero y limitar el pan y circo al que nos acostumbra la TV.

Reafirmar la dignidad y el humanismo: Situar a la persona y sus vínculos comunitarios por encima del determinismo tecnológico, el algoritmo y el utilitarismo económico.

Construir un nuevo pacto social: Fundar la democracia no en la coacción policial ni en la hiperregulación penal, sino en una convicción ética compartida que devuelva confianza, respeto y sentido de trascendencia. Todo esto aplica a Paris, Berlin, Estambul o cualquier ciudad de Chile.