Hay cosas que una nunca debería sentir como madre.
El miedo no debería ser una de ellas… Y mucho menos al dejar a tus hijos en el colegio.
Por años nos dijeron que ese era un lugar seguro. Un espacio donde los niños podían ser niños. Donde aprender, equivocarse, reírse fuerte en el recreo y volver a intentarlo. Un lugar donde las preocupaciones eran una prueba o una tarea incompleta.
Nada más… Pero algo cambió.
Hoy, en Chile, los colegios activan protocolos por amenazas de tiroteo. Mensajes escritos en baños. Advertencias que corren entre estudiantes. Rumores que dejan de ser solo rumores cuando llegan carabineros.
Y aun así, al día siguiente, todo sigue como si nada.
Como si fuera normal… Pero no lo es.
No es normal despedirse en la mañana con un nudo en el pecho. No es normal mirar la puerta del colegio y sentir, aunque sea por un segundo, miedo. No es normal que nuestros hijos carguen, junto a sus cuadernos, una preocupación que no les corresponde.
Y ellos lo sienten… Aunque no lo digan.
Lo sienten cuando escuchan conversaciones en los pasillos. Cuando perciben a los adultos tensos. Cuando algo en el ambiente cambia y nadie lo explica. Algunos lo guardan en silencio. Otros lo transforman en ansiedad, en angustia, en miedo.
Y nosotros seguimos adelante… Como si nada.
Pero el silencio no protege… ¡¡El silencio también abandona!!
Yo sé que mis hijos, al menos, tienen contención en casa. Tienen un lugar donde pueden hablar, donde pueden quebrarse, donde alguien los escucha y los abraza. Los contienen y acompañan
Pero hay algo que no me deja dormir. Pensar en esos niños para quienes el colegio no es solo un lugar de aprendizaje.
¡¡Es su refugio!!
Es el lugar donde tienen un plato de comida caliente. Donde hay orden. Donde hay calma. Donde, aunque sea por unas horas, pueden sentirse a salvo.
Niños que llegan buscando tranquilidad… y que hoy también están recibiendo miedo.
Porque cuando una amenaza entra a un colegio, no solo pone en riesgo la seguridad física.
Rompe algo mucho más profundo… Rompe la sensación de estar a salvo.
Y cuando eso se rompe en un niño, no hay protocolo que lo repare del todo.
Estamos criando a una generación que está aprendiendo a convivir con el miedo.
Y eso no puede volverse normal. No podemos permitir que lo sea.
Esto no se trata de generar pánico. Se trata de hacernos cargo.
De dejar de minimizar. De dejar de callar. De entender que estas situaciones no son “cosas de niños” ni hechos aislados.
Son señales. Señales de que algo no está bien y que necesita adultos a la altura.
Autoridades que informen con transparencia. Colegios que prioricen la seguridad real, no la apariencia de normalidad. Comunidades que se atrevan a hablar, aunque incomode.
Porque detrás de cada decisión, hay niños sintiendo.
Como madre, no quiero acostumbrarme a esto. No quiero aprender a vivir con este miedo. No quiero que mis hijos crean que esto es parte de crecer.
Quiero algo mucho más simple.
Quiero poder dejarlos en el colegio… y sentir, de verdad, que están seguros. Porque hoy, esa certeza se está perdiendo.
Y cuando una sociedad deja de poder asegurarle eso a sus niños, lo que está en juego es TODO!!
Atte.,
Una Mamá Chilena.
