Por Dr. Patricio Mardónez
Anestesiólogo y Presidente de la Red Nacional de Salud

Durante décadas, el éxito de la medicina se ha medido bajo la fría métrica de la eficiencia técnica y la transacción corporativa. Nos acostumbramos a ver las listas de espera como simples números en una planilla y a los pacientes como diagnósticos ambulantes ordenados por un código de ficha clínica. Sin embargo, la crisis de confianza y el profundo desgaste en el tejido sanitario nos demuestran que el sistema actual ha tocado fondo, no por falta de tecnología, sino por una preocupante deshumanización del proceso de atención. Es momento de dar un giro definitivo.

La salud en Chile no puede seguir siendo sinónimo de miedo, exclusión o frialdad burocrática.
Humanizar la salud no es un acto de romanticismo utópico, sino un imperativo ético y clínico. Significa entender de una vez por todas que la medicina más avanzada e idónea siempre comienza con una mirada que valida al otro, que le dice de manera implícita: «aquí estás a salvo y tu dolor importa». Cuando transformamos una sala de examen en un espacio amigable, o cuando adaptamos los entornos clínicos para que un niño neurodivergente o un adulto mayor no vivan el procedimiento como un trauma, estamos aplicando la verdadera ciencia del bienestar. La salud se construye con rigurosidad científica, por supuesto, pero se sostiene y se vuelve efectiva únicamente a través de la empatía.

Para mejorar de forma real las condiciones de vida de las personas, debemos derribar la antigua y vertical barrera que separa al «médico sabelotodo» del «paciente pasivo». El modelo paternalista e impersonal está obsoleto. Ha llegado la hora de que el profesional y el paciente construyan una relación verdaderamente colaborativa. Esta alianza horizontal debe ser un espacio de co-creación, donde la experiencia de vida y el sentir del paciente se unan al conocimiento técnico del personal médico. Sanar no es un verbo que el médico ejerce sobre un cuerpo inerte; sanar es un proceso mutuo de intercambio, aprendizaje y acompañamiento.

Cuando nos abrimos a escuchar de verdad, descubrimos que detrás de cada consulta hay una historia familiar, un contexto socioeconómico y miedos profundos que la medicina tradicional muchas veces ignora. La experiencia del paciente mejora de forma drástica cuando se siente integrado y escuchado, transformándose en un actor activo de su propia recuperación.

Desde la Red Nacional de Salud asumimos este desafío con la convicción de que una mejor salud pública e inclusiva se diseña sumando voluntades: articulando a la sociedad civil, a las instituciones y a los profesionales en torno a un propósito netamente humano. No podemos seguir tolerando que el acceso a una atención digna sea un privilegio reservado para unos pocos. Curar debe ser, en esencia, un acto ético de cuidado mutuo. Invito a mis colegas, a los equipos de salud y a la ciudadanía a que nos atrevamos a cambiar el paradigma: pasemos de la fría gestión de la enfermedad a la cálida co-construcción de la sanación. El futuro de nuestra salud será humano, o simplemente no será