Por Humberto García D.

El análisis político de los últimos cincuenta años en Chile obliga a enfrentar una grieta cada vez más profunda en la vida democrática: el paulatino agotamiento y la falta de renovación de los partidos políticos. La democracia no es una entelequia abstracta; requiere de instituciones, y los partidos son los engranajes esenciales para canalizar las demandadas del país. Sin embargo, la crisis actual de representación no proviene únicamente del descontento ciudadano, sino de una omisión formativa: la incapacidad generalizada para generar cuadros de recambio que logren proyectar a las colectividades en el tiempo.

El precedente del 73 y la generación del retorno
Para entender la dimensión del problema, es necesario volver la mirada al arco histórico. La clase política de 1973, expuesta al quiebre democrático, al exilio o al aislamiento interior, logró algo sumamente complejo: preservar el sentido de doctrina y proyectar cuadros de liderazgo.
Aquella generación —con figuras clave de estilos tan marcados como Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Andrés Zaldívar, Ricardo Lagos, Edgardo Boeninger, junto a contrapartes ideológicas de la época como Sergio Onofre Jarpa o Jaime Guzmán— mantuvo activas sus convicciones y redes de formación.

A fines de la década de 1980 y durante los años 90, esa mística de escuela política permitió dirigir la transición. Había doctrinas consolidadas, equipos técnicos formados en la resistencia o en think tanks (como CIEPLAN en la centroizquierda o el Instituto Libertad y Desarrollo en la derecha) y liderazgos capaces de negociar con visión de Estado. Existía una jerarquía de formación militante y una clara noción de continuidad institucional.

Los años 2000 y el inicio del declive
Con la llegada del nuevo milenio, el modelo de formación política comenzó a mostrar signos severos de fatiga. A medida que la administración del Estado se volvió crecientemente tecnocrática y la política derivó en marketing electoral, los partidos tradicionales abdicaron paulatinamente de sus escuelas de formación.

La dinámica del «cuoteo», los liderazgos personalistas centrados en la exposición mediática e hitos de arrastre electoral desplazaron al debate de ideas y al adiestramiento de nuevos cuadros. Surgieron recambios generacionales puntuales en el Parlamento —figuras de recambio que en su momento tomaron protagonismo—, pero estos cuadros rara vez respondieron a un proyecto institucional colectivo de largo plazo. Los partidos pasaron de ser semilleros de estadistas a convertirse en agencias de empleo electoral.

La crisis actual: sin grandes militancias ni nuevos rostros
Hoy, el mapa político exhibe una fragmentación preocupante. La crisis de recambio abarca por igual a los partidos tradicionales (DC, RN, UDI, PS) y a las colectividades emergentes de las últimas décadas (Frente Amplio, Republicanos, entre otras fuerzas parlamentarias e independientes).

● En la política tradicional, los directorios y directivas siguen dependientes de las viejas guardias o de parcelas de poder cerradas que impiden que liderazgos intermedios con verdadero peso doctrinal o densidad técnica escalen a la toma de decisiones.

● En las nuevas colectividades, la falta de maduración institucional y el rápido traspaso desde el activismo al ejercicio de la alta magistratura expusieron tempranamente la fragilidad de sus cuadros. La ausencia de procesos orgánicos de formación provocó vacíos en la gestión técnica del Estado y un marcado caudillismo.

Actualmente no se aprecian militancias masivas, comprometidas y formadas doctrinalmente. Abundan las figuras que irrumpen en la escena pública apoyadas en algoritmos, apariciones televisivas o causas de nicho, pero escasean los referentes capaces de dialogar transversalmente, construir acuerdos de fondo y proyectar una colectividad hacia las próximas décadas.

Una llamada a la acción: Salvemos la clase política
Sin clase política no hay gobernabilidad sustentable. Criticar a los partidos se ha convertido en un ejercicio popular, pero debilitar las instituciones intermedias solo abre la puerta al populismo personalista e inestable.

Si Chile aspira a recuperar el rumbo de la estabilidad y el desarrollo, las colectividades deben asumir la tarea urgente de reestructurar sus procesos de formación política. Se requieren directivas generosas que abran espacio a las escuelas de cuadros, institutos de estudio integrados por jóvenes profesionales y un retorno al debate doctrinal.

Chile tuvo en los 70, 80 y 90 líderes capaces de formar nuevos liderazgos. Reconstruir esa vocación pedagógica y organizativa en la política contemporánea no es opcional: es la única vía para salvar la clase política y, con ella, la solvencia democrática del país.