Todo empezó en las aulas, con estudiantes movilizados de la Generación Z: menores de edad conscientes de sus razones, distintas en cada caso, pero con un mínimo común: desigualdad, deterioro de los bienes públicos, abandono del bien común, falta de probidad y corrupción. El fenómeno cruza América Latina y es global.
América Latina, según la CEPAL, es la región más desigual del planeta, atrapada en bajo crecimiento, desigualdad persistente e instituciones débiles. Aquí el gradiente es más empinado y la válvula más obturada: millones protestan y millones emigran. Chile, el «oasis» de la región – como lo llamó Piñera días antes -, estalló el 18 de octubre de 2019 tras décadas de crecimiento, aunque marcado por la desigualdad, servicios públicos deficientes, derechos sociales privatizados y un ascenso social que no llegó a las mayorías. Las cifras brillaban; la vida cotidiana no. Más de un millón salió a las calles.
Cuando gobierna la derecha, denuncia el ataque artero de la izquierda; cuando gobierna la izquierda, al revés. Y la izquierda intenta siempre apropiarse del malestar. Sin embargo, ambos sectores equivocan el diagnóstico: lo que observamos es un repudio transversal a la forma de ejercer el poder político. El modelo capitalista es indudablemente mejor: favorece la libertad, el emprendimiento y la iniciativa privada. Pero requiere ética, justicia social y equilibrio entre el bien privado y el público que fortalezca los bienes comunes básicos. Esos son los criterios que definen las elecciones. ¿Qué presión convierte un reclamo estudiantil en revuelta nacional?
Hay que decirlo con fuerza: ¡la violencia es inaceptable! Grupos radicalizados y anárquicos dan rienda suelta a impulsos irracionales de destrucción y, luego, de saqueo. Al respecto, no se debe confundir la chispa con el combustible. Delincuentes y antisociales no crean el malestar: lo aprovechan criminalmente. Apagar la chispa sin retirar el combustible (el asimétrico gradiente social) solo posterga el próximo estallido. El vandalismo lo protagonizan jóvenes, pero refleja valores de sus hogares y de una parte de la sociedad.
En septiembre de 2026, secundarios de la periferia norte de París protestaron por la falta de profesores y liceos deteriorados. El 17 de octubre, más de medio millón marchaba por Francia: profesores, padres, sindicatos, jubilados y antiguos chalecos amarillos. Hubo barricadas, saqueos, el ayuntamiento de Limoges en llamas y más de dos mil detenidos. En Albania, una protesta universitaria derivó en revuelta contra la corrupción. En Bélgica, estudiantes rechazan recortes sociales y educativos. En Italia: «Dinero para las escuelas, no para la guerra». En España, la muerte de una anciana de 87 años desalojada desató el clamor «Ni una Maricarmen más». En Bolivia, el diésel; en Serbia y Filipinas, la corrupción.
Aquí surge el primer elemento teórico novedoso: la capacidad de articulación, coordinación, contagio emocional y reacción frente a la gobernanza. Lo llamo función HUB: actuar como nodo que conecta causas diversas en redes distribuidas, desde plataformas digitales o aplicaciones del teléfono. Estructuras horizontales, sin liderazgos visibles, de rápida adaptación estratégica y táctica. Manuel Castells, en «Redes de indignación y esperanza», identificó el hilo común: movimientos sin líderes, coordinados en red, que expresan indignación antes que programa. La sociedad digital lo acelera: la desigualdad ya no se intuye; se ve, se compara y se siente, y la emoción viaja más rápido que la razón. Se suman la falta de referentes de justicia, de liderazgos altruistas, de vocerías respetadas. No hay liderazgos, solo autoridades habilitadas para mandar, pero despreciadas, deslegitimadas y abandonadas por sus votantes a meses de su triunfo.
El segundo elemento teórico es la ley del gradiente. En física, los fluidos van de alta a baja presión, y a mayor diferencial del gradiente, mayor fuerza, velocidad y energía del flujo. En lo social, la presión se acumula donde confluyen frustración, promesas incumplidas, bienes públicos deficientes, corrupción y asfixia cotidiana. Si la política no le abre cauce, sale por la calle o por la frontera: protesta o migración. Ted Robert Gurr lo explicó con la privación relativa: la gente no se rebela por pobreza, sino por la distancia entre lo que cree merecer y lo que recibe. La sociedad es una red viva e interdependiente; si una parte se desequilibra, todo el sistema lo resiente. La protesta es el intento – a veces violento o desesperado – del cuerpo social por recuperar el equilibrio.
El tercer elemento teórico es el patrón de la chispa gatillante, que se repite en cada caso: es explosiva, se extiende rápido, salta fronteras y se ancla en la emocionalidad, sin ética ni valores, como anarquía irracional y violenta. Amnistía Internacional y organismos de Naciones Unidas denuncian la violencia policial, pero no reparan en la violencia social ni actúan frente a las causas basales de esta inestabilidad.
En Túnez, en 2010, el vendedor Mohamed Bouazizi se inmoló tras ser humillado por la policía y encendió la Primavera Árabe contra la autocracia, la corrupción y la falta de futuro. En 2011, los indignados del 15-M, golpeados por desempleo y recortes, gritaban «No nos representan», y Occupy Wall Street denunciaban la concentración de la riqueza el 1% frente al 99%. En 2013, Brasil estalló por el pasaje y los gastos del Mundial: «No son 20 centavos». En 2018, los chalecos amarillos rechazaron un impuesto al combustible y expusieron la fractura entre periferia precarizada y élite desconectada. En 2019 la ola se globalizó: Ecuador, por el subsidio a los combustibles; Líbano, por un impuesto a WhatsApp que destapó décadas de corrupción; Irak, por desempleo y servicios inexistentes; Hong Kong, por sus libertades; Colombia, contra reformas que cargaban a los de siempre.
Luego, Sri Lanka en 2022, donde el colapso económico hizo huir al presidente; Perú, donde el sur andino excluido se rebeló tras la caída de Castillo; Kenia en 2024, con jóvenes irrumpiendo en el Parlamento contra nuevos impuestos; y Bangladesh, donde una protesta por cuotas en el empleo público derribó al gobierno. En 2025 se alzó la Generación Z: Nepal, contra el bloqueo de redes y los privilegios de la élite; Madagascar, por cortes de agua y luz; Marruecos, por hospitales en vez de estadios; Perú, contra la corrupción y la inseguridad. Geografías y regímenes distintos; el mismo mínimo común.
Cuarto elemento teórico: el modelo hace agua por sus propias grietas: las desigualdades, la precarización de los bienes públicos y la concentración de la riqueza. Thomas Piketty demostró que, cuando el rendimiento del capital supera al crecimiento, la riqueza se concentra y se hereda. Joseph Stiglitz advirtió que la desigualdad no es un accidente del mercado, sino fruto de reglas diseñadas por los más poderosos. Branko Milanovic mostró que la globalización elevó a las élites y estancó a las clases medias y trabajadoras de los países desarrollados. Ahí están los movilizados del mundo.
Quinto elemento teórico: como constata Peter Mair, los partidos abandonaron su función de puente entre la sociedad y el Estado. Colin Crouch lo llamó posdemocracia: las formas siguen intactas, pero la democracia no funciona; deciden círculos cerrados de élites ajenas. Cuando el ciudadano constata que la equidad es solo retórica, la legitimidad se quiebra, a izquierda y derecha. La ciudadanía comprueba que cuando los políticos hablan de erradicar la pobreza, se refieren a la suya, no a la de la gente. En consecuencia, la salida no está en más demagogia, populismo ni represión, sino en desterrar la corrupción ideológica.
Hay que reducir el gradiente con un piso común de dignidad – educación de calidad, salud oportuna y digna, trabajo decente, vivienda y seguridad – bajo el cual nadie caiga por el lugar donde nació. Y reconstruir éticamente la representación o, sin rodeos, la política, lo político y los políticos, para devolver el bien común al centro. Es tarea del Estado, la empresa, la sociedad civil y la ciudadanía equilibrar el gradiente social.
De Túnez a Santiago, de Nairobi a Ciudad de México, la calle repite el mismo mensaje en idiomas distintos: es la presión de millones que sienten que la izquierda y la derecha les niegan el futuro y la esperanza. La pregunta no es quién tiene la culpa, sino si sabremos leer el gradiente antes de que la próxima chispa haga estallar la sociedad, aquí o allá.

