El destacado geógrafo, académico de la Universidad de Chile y experto en asuntos públicos, Óscar Rementería, abordó los principales desafíos de gobernabilidad, comunicación estratégica y desarrollo que enfrenta el país.

Tras su salida de la vocería del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh) después de 15 años de trayectoria —período en el que participó activamente en leyes históricas como la Ley Samudio, la Unión Civil, Identidad de Género y Matrimonio Igualitario—, Rentería se encuentra hoy volcado a la mediación de conflictos territoriales y la construcción de acuerdos entre el sector privado, el Estado y las comunidades.

¿cuál es tu evaluación del escenario político actual y la gestión del Gobierno en estos meses?

Mi evaluación pasa principalmente por la forma y la comunicación estratégica. Cuando comunicamos mal, las cosas se entienden mal y terminan generando conflictos. Lo vimos recientemente con las emergencias climáticas: se demoraron seis días en declarar estado de catástrofe en Coquimbo, pero ante un evento en comunas de altos recursos de la capital la respuesta fue inmediata. Esa diferencia territorial envía un mensaje muy complejo a la ciudadanía.

Además, se ha duplicado la función de vocería en cargos clave, obligando al Presidente a salir a responder por todo, cuando la estrategia básica de gobernabilidad requiere concentrar y mitigar esos cuestionamientos en vocerías preparadas. Comunicar en simple decisiones complejas es un arte.

Se percibe una tensión respecto a la experiencia de los equipos de trabajo. ¿Falta bagaje político en la toma de decisiones?

Gobernar no es solo estudiar en una facultad; es tener la experiencia de la política real, de estar con los pies en la calle, de dialogar con juntas de vecinos y sobrellevar momentos complejos con criterio. Cuando no se abren los espacios a contrapesos o a la experiencia de toda la alianza de gobierno, se generan roces innecesarios que terminan expuestos a la opinión pública. Faltan puentes directos y la empatía de preguntar e involucrar a las personas antes de imponer soluciones teóricas.

Tras cerrar tu etapa en el Movilh, te has enfocado fuertemente en la docencia universitaria y los asuntos públicos. ¿Hacia dónde apuntas en esta nueva etapa profesional?

Decidí volcar toda esta experiencia de más de 14 años negociando y construyendo consensos con distintos sectores políticos —desde la izquierda hasta los sectores más conservadores— al servicio del país.

Chile proyecta miles de millones de dólares en inversiones públicas y privadas que impactan directamente en los territorios. Al país no le sirve tener proyectos paralizados durante años en tribunales por no haber construido puentes tempranos con las comunidades. La «política de los buenos acuerdos» no consiste en beneficiar solo a la empresa o solo a un grupo, sino en buscar el máximo beneficio posible para los trabajadores, las comunidades, el dinamismo económico y el cuidado del medio ambiente. El crecimiento debe traducirse en un desarrollo integral para todos.

Finalmente, ¿qué mensaje le envías a los jóvenes que hoy miran la política con distancia o apatía?

A los jóvenes les diría que todo es política. Que hoy podamos transitar libremente sin un toque de queda, que existan leyes que protegen los derechos de las personas, que haya aranceles más bajos en tecnología o que miles puedan acceder a la gratuidad universitaria, es producto de la política y de acuerdos impulsados por personas que se involucraron.

Cualquier retroceso o descontento ocurre cuando la ciudadanía se resta. Si las nuevas generaciones quieren ver cambios en sus barrios o en el país, deben participar activamente en sus organizaciones, juntas de vecinos y espacios de representación. Las cosas se transforman estando presentes.