Por Humberto García Díaz | Director La Conexión

El fetiche contemporáneo por el Producto Interno Bruto (PIB) no representa un mero error técnico de medición, sino una auténtica patología ontológica de la ciencia económica. Asistir a la elevación de una mera métrica de flujo mercantil al rango de oráculo supremo de la condición humana constituye uno de los mayores desatinos intelectuales de la modernidad tardía. Lo que Simon Kuznets concibió en la década de 1930 como una herramienta contable contingente para estimar la capacidad de producción mercantil en tiempos de crisis, fue posteriormente secuestrado y reificado por el canon neoclásico, transmutando un registro de transacciones en un dogma axiológico sobre la calidad de vida.

Esta hegemonía métrica descansa sobre un reduccionismo utilitarista implacable. Para la arquitectura del PIB, la existencia humana queda recortada a la condición de mero insumo productivo o vector de consumo hedonista. Se trata de un indicador caracterizado por una perversa neutralidad moral: el colapso ecológico, la proliferación de patologías crónicas derivadas de la contaminación y la mercantilización de la salud no solo no penalizan el agregado, sino que lo hipertrofian mediante la contabilización positiva de sus costos de remediación. Mientras el ecocidio suma, la cohesión comunitaria, el trabajo de cuidados no remunerado y el mantenimiento de la estabilidad biosférica son condenados a la invisibilidad ontológica por el único delito de carecer de un precio de mercado.

Resulta epistemológicamente insostenible equipelar la magnitud del PIB con la distribución de la riqueza o la realización de las libertades sustantivas. La agregación macroeconómica opera como una cortina de humo que enmascara procesos agudos de polarización socioeconómica y deprivación material. El incremento del PIB es perfectamente compatible con la pauperización de las mayorías y la atrofia del tejido social.

Desmantelar el absolutismo del PIB exige una enérgica deconstrucción paradigmática. Es imperativo destronar este fetichismo cuantitativo y sustituirlo por marcos conceptuales multidimensionales —desde el Enfoque de las Capacidades hasta la economía ecológica— que devuelvan a la praxis económica su subordinación teleológica a la dignidad humana y a los límites biofísicos del planeta.