Por Emiliano Soto
Obispo Emérito de la Mesa Ampliada de las Iglesias Evangélicas de Chile
Cada año, cuando octubre llega a su fin, las calles, colegios, centros comerciales y hogares de nuestro país se llenan de disfraces, dulces y decoraciones asociadas a Halloween. Lo que hace algunas décadas era una costumbre prácticamente desconocida en Chile, hoy forma parte del paisaje cultural de millones de familias. La fiesta, originaria de tradiciones extranjeras y potenciada por la industria del entretenimiento y el comercio global, se ha instalado con fuerza en gran parte de Latinoamérica.
Resulta evidente que para muchas personas esta celebración tiene un carácter recreativo. Niños y adultos participan movidos por el deseo de divertirse, compartir en familia o disfrutar una actividad distinta. En una sociedad democrática y plural, creemos firmemente en la libertad de las personas para decidir qué celebran y cómo desean vivir sus tradiciones.
Sin embargo, precisamente porque valoramos la libertad, consideramos legítimo reflexionar sobre el contenido y los mensajes que determinadas celebraciones transmiten, especialmente cuando están dirigidas a los más pequeños.
Halloween posee una estética particular. La exaltación de cadáveres, esqueletos, cementerios, fantasmas, demonios, sangre y distintas representaciones de la muerte constituye parte esencial de su imaginario. Muchos sostienen que se trata simplemente de elementos simbólicos, vaciados de su significado original y utilizados como parte de una fiesta lúdica. Puede ser cierto para una parte importante de quienes participan. Pero ello no impide preguntarse si estamos normalizando imágenes y conceptos que merecen una consideración más profunda.
La interrogante no radica en prohibir ni condenar. Mucho menos en juzgar a quienes participan de esta festividad. El verdadero desafío es preguntarnos qué valores deseamos promover en las nuevas generaciones y qué referentes culturales elegimos para acompañar su crecimiento.
Vivimos tiempos complejos. En Chile y en gran parte del continente asistimos a un aumento de la percepción de inseguridad, a hechos de violencia cada vez más impactantes y a una realidad donde la muerte aparece con demasiada frecuencia en los noticiarios, en las redes sociales y en la conversación pública. Las familias observan con preocupación cómo delitos cada vez más violentos afectan la convivencia y generan temor en la ciudadanía.
En este contexto, cabe preguntarse si resulta saludable seguir incorporando, aunque sea con fines recreativos, una celebración cuya iconografía gira precisamente en torno a la muerte y las fuerzas oscuras. ¿Es realmente necesario que niños pequeños tengan sus primeros acercamientos a estos conceptos mediante imágenes de cadáveres, demonios y escenarios lúgubres? ¿No existen formas más enriquecedoras de estimular la imaginación infantil y fomentar espacios de encuentro comunitario?
Algunos dirán que se trata de una exageración. Pero las culturas se construyen precisamente a partir de símbolos. Lo que una sociedad decide celebrar refleja también aquello que considera digno de atención, de admiración o, al menos, de normalización. Por esa razón, el debate merece ser abordado con respeto y profundidad.
Frente a esta realidad, distintas organizaciones, comunidades cristianas y agrupaciones sociales han impulsado alternativas conocidas como la “Fiesta de la Luz”. Más que una oposición frontal a Halloween, estas iniciativas proponen un reenfoque. Invitan a celebrar la vida en lugar de la muerte, la esperanza en lugar del temor, la solidaridad en lugar de la oscuridad.
La luz es uno de los símbolos universales más poderosos de la humanidad. Representa el conocimiento frente a la ignorancia, la verdad frente al engaño, la esperanza frente al desaliento. También simboliza la capacidad de las personas para construir comunidades más fraternas y una sociedad más humana. Son valores que trascienden credos religiosos y pueden ser compartidos por creyentes y no creyentes.
Quizás ha llegado el momento de ampliar la conversación. No para eliminar una festividad que muchos disfrutan, sino para preguntarnos qué mensaje queremos transmitir a nuestros hijos e hijas. Tal vez la cuestión no sea simplemente si celebramos Halloween o no, sino qué aspectos de nuestra cultura estamos reforzando a través de estas prácticas.
Las nuevas generaciones necesitan espacios de alegría, de imaginación y de encuentro. Necesitan celebrar. Pero también necesitan referentes que les hablen de la dignidad humana, de la solidaridad, de la compasión y de la esperanza. En una época marcada por la incertidumbre, por la violencia y por las divisiones, quizás la respuesta no sea promover más imágenes asociadas a la muerte, sino crear más oportunidades para afirmar el valor de la vida.
Al final, la pregunta que cada familia debe responder es sencilla, pero profunda: cuando educamos a nuestros niños, ¿queremos acostumbrarlos a contemplar la oscuridad o inspirarlos a convertirse en portadores de luz?
Porque una sociedad siempre termina pareciéndose a aquello que celebra. Y hoy, más que nunca, Chile necesita motivos para celebrar la vida, la esperanza y el futuro.

