Por Editorial La Conexión

El ejercicio del gobierno no solo mide la capacidad de diseñar políticas públicas o de pronunciar discursos contundentes; mide, por sobre todas las cosas, la templanza para conducir la nave en medio de la marejada. En los últimos meses, el gobierno del presidente José Antonio Kast ha enfrentado una sucesión ininterrumpida de renuncias y desvinculaciones en puestos clave del aparato estatal, un fenómeno que no puede pasarse por alto ni ser minimizado como un simple ajuste de rutina.

La constante rotación de autoridades y colaboradores de confianza proyecta una sombra inevitable de duda sobre el estilo de liderazgo de la administración. ¿Estamos ante un déficit de articulación interna, una desconexión en las prioridades estratégicas o una exigencia inflexible que termina por desgastar a los propios equipos? La señal que se envía a la ciudadanía y a los mercados es de inestabilidad, y cuando la cabeza del Ejecutivo parece no lograr consolidar un equipo afianzado y cohesionado, el rumbo del país inevitablemente entra en un terreno de incertidumbre.

Sin embargo, el análisis no debe agotarse en la crítica destructiva ni en la trinchera política. Chile atraviesa un momento crítico en materia económica, de seguridad pública y de cohesión social que no admite el lujo de la paralización ni del revanchismo. La fragilidad de un gobierno en ejercicio nunca debe ser motivo de celebración para la oposición, pues el costo de la ingobernabilidad no lo pagan las élites políticas, sino las personas comunes en su día a día.

Es precisamente en este punto de inflexión donde se hace indispensable apelar a un sentido de responsabilidad superior. Más allá de los reparos legítimos al estilo de conducción del mandatario y a la conducción de sus ministros, el país necesita certezas. Y esas certezas no vendrán de la imposición ni del atrincheramiento, sino de la capacidad real de generar un apoyo transversal por el bien superior de la nación.

El Presidente tiene el deber de dar un paso al frente, revisar los errores de gestión interna y abrir la cancha hacia un diálogo genuino con todos los sectores. Por su parte, la oposición y las fuerzas intermedias deben entender que la gobernabilidad es una tarea compartida. Tender puentes y acordar mínimos comunes no significa renunciar a las convicciones ni avalar desaciertos; significa poner a Chile en primer lugar.

El liderazgo se demuestra en la capacidad de rectificar y convocar. Frente a las dudas que generan los recientes movimientos en el gabinete, la respuesta no puede ser el aislamiento. Es el momento de la generosidad política y del acuerdo amplio, porque cuando el timón tambalea, la prioridad absoluta de todos debe ser garantizar que el barco siga navegando.