En tiempos donde constantemente hablamos de crisis educacional, bajos resultados académicos y problemas de convivencia escolar, muchas veces olvidamos algo esencial: detrás de cada niño hay un profesor que puede convertirse en un impulso para crecer o en una herida difícil de sanar.

Todos recordamos a ese profesor exigente que marcó nuestra vida. Ese que no regalaba notas, que pedía más, que corregía una y otra vez, pero que al mismo tiempo enseñaba con pasión, respondía preguntas, acompañaba procesos y hacía sentir a sus alumnos capaces de lograr cosas que ni ellos mismos imaginaban. Curiosamente, esos profesores suelen ser los más queridos y respetados por sus estudiantes.

Porque los niños y adolescentes no rechazan la exigencia cuando esta viene acompañada de respeto, vocación y compromiso genuino. Al contrario: la valoran. Un profesor que enseña con claridad, que prepara sus clases, que escucha, que motiva y que cree en sus alumnos, genera algo mucho más profundo que aprendizaje: genera seguridad, confianza y autoestima.

Y eso se nota. Se refleja en niños felices, motivados, participativos y comprometidos con sus asignaturas. Se refleja en estudiantes que pierden el miedo a equivocarse porque saben que tienen un guía que los acompaña y no alguien que los humilla.

Pero también existe la otra realidad. La de aquellos profesores que carecen de herramientas pedagógicas y emocionales para enfrentar el enorme desafío de educar. Profesores que normalizan el mal trato, que responden con sarcasmo o desdén, que invalidan preguntas, que no preparan adecuadamente sus clases y que terminan transformando la sala de clases en un espacio de angustia y tensión.

Las consecuencias son devastadoras y muchas veces invisibles para el mundo adulto. Niños desmotivados, inseguros, ansiosos, con miedo constante a equivocarse o a ser expuestos frente a sus compañeros. Estudiantes que sienten que nunca son suficientes, que viven frustrados porque se les exige cumplir metas académicas sin contar con una guía real para alcanzarlas.

La educación no es solo entrega de contenidos. La educación también moldea emocionalidades, autoestima y salud mental.

Un profesor tiene el poder de despertar talentos, fortalecer personalidades y convertirse en un recuerdo positivo para toda la vida. Pero también puede quebrar la confianza de un niño en una etapa donde aún está construyendo quién es.

Por eso resulta tan urgente volver a poner en el centro la importancia de la vocación docente. Chile necesita buenos profesores: profesionales preparados, empáticos, exigentes pero humanos, capaces de enseñar sin destruir emocionalmente a sus alumnos en el proceso.

Y así como debemos exigir calidad y compromiso, también debemos reconocer y valorar profundamente a aquellos docentes que sí hacen bien su trabajo. Profesores que muchas veces sostienen emocionalmente a sus estudiantes, que trabajan más horas de las que les pagan y que siguen educando pese al desgaste, la sobrecarga y la falta de reconocimiento.

Porque educar no es simplemente pasar materia. Educar es formar personas. Y quienes tienen en sus manos esa responsabilidad merecen respeto, apoyo y remuneraciones acordes a la importancia de la labor que realizan.

Después de todo, son ellos quienes están forjando el futuro del país.

Por laconexi