Uno prende la radio o revisa las noticias en el teléfono antes de salir a la micro y parece que el panorama viniera pintado siempre con el mismo gris. Que el crecimiento por aquí, que el PIB se contrajo, que las cifras del Banco Central, que el costo de la vida… Para los que vivimos la economía real —la de la feria, la del pan de cada día, la de llegar a fin de mes contando las monedas—, las discusiones de los expertos a veces suenan a otro idioma. Sin embargo, más allá de los números rojos y de los titulares pesimistas que dominan este 2026, a mí me gusta mirar las cosas con otra lente: la de la esperanza activa.

Porque seamos honestos, los chilenos y chilenas sabemos de apretarnos el cinturón. Lo hemos hecho mil veces. Lo que pasa es que ya nos cansamos de sobrevivir a puro esfuerzo; lo que necesitamos y ansiamos es respirar tranquilos. Y es ahí donde nace mi optimismo, un optimismo que no es ciego, sino que se alimenta de las ganas urgentes de ver un cambio profundo y radical en la forma en que se hacen las cosas desde la política pública.

Sanar desde las raíces: Menos trabas, más confianza
Hasta ahora, da la sensación de que las políticas públicas han estado enfocadas en apagar incendios con mangueras rotas. Se discute de parches, de bonos pasajeros o de regulaciones que, con la mejor intención del mundo, terminan ahogando al emprendedor de barrio, a la pyme que lucha por levantarse y al trabajador que quiere formalizar su empleo sin morir en el intento.

El verdadero cambio radical que espero —y que millones de ciudadanos anhelamos— es un giro hacia la simplificación, la audacia y la libertad para producir. Necesitamos un Estado que deje de ser un freno de mano constante y se convierta en un facilitador.

Simplificarle la vida al que quiere invertir.

Premiar el mérito y el trabajo duro.

Abrirle la cancha de verdad a los jóvenes que quieren innovar sin encontrarse con un muro de burocracia.

Si las autoridades logran entender que la riqueza de un país no nace en una oficina fiscal, sino del esfuerzo diario de su gente, las políticas públicas van a empezar a cambiar de tono. Y cuando eso pase, la economía dejará de ser una máquina fría y se transformará en el motor de oportunidades que todos merecemos.

La fuerza silenciosa que mueve a Chile
Yo veo esa fuerza todos los días en la calle. En el feriante que arma su puesto con una sonrisa a las seis de la mañana, en el vecino que capacita a otros, en la jefa de hogar que reinventa su emprendimiento digital. El chileno no está pidiendo que le regalen nada; lo único que pide es cancha lisa y reglas claras.

Confío plenamente en que este momento complejo no es más que el umbral de una transformación necesaria. Las crisis duelen, pero también nos obligan a sacudirnos los vicios del pasado. Tengo la profunda convicción de que estamos a tiempo de dar un timonazo histórico hacia políticas públicas más sensatas, eficientes y cercanas a la realidad de la calle.

Viene un tiempo nuevo, donde el crecimiento económico volverá a traducirse en dignidad y tranquilidad para los hogares. No pierdo la fe, porque sé de lo que estamos hechos los que madrugamos por este país. El cambio está cerca, y nos va a pillar trabajando.

Humberto García Díaz | Contador Auditor | Cuidadano