Durante los últimos años, el concepto ESG (Environmental, Social & Governance) se ha consolidado como uno de los principales marcos para evaluar la sostenibilidad y la creación de valor de las organizaciones. Sin embargo, mientras los componentes ambientales y de gobernanza han evolucionado hacia estándares cada vez más homogéneos y medibles, el componente social continúa siendo el más complejo de comprender y gestionar.
Paradójicamente, es precisamente la dimensión social la que suele definir el éxito o el fracaso de un proyecto de inversión.
Con frecuencia, las empresas asocian la “S” de ESG a conceptos como inversión social, donaciones, voluntariado corporativo o relaciones comunitarias. Si bien estas iniciativas pueden ser valiosas, representan solo una parte de un desafío mucho más amplio.
La dimensión social comienza mucho antes de la ejecución de un proyecto. Se inicia en la forma en que una organización comprende el territorio, identifica a sus grupos de interés, reconoce las dinámicas sociales existentes y construye relaciones de confianza con quienes serán impactados por sus decisiones.
En mi experiencia trabajando con organismos públicos, gobiernos locales, organizaciones sociales y proyectos de desarrollo territorial, he observado que muchas organizaciones desarrollan excelentes estrategias ambientales y sólidos sistemas de gobernanza, pero subestiman la complejidad del componente social.
El resultado suele ser conocido: conflictos con comunidades, pérdida de legitimidad, judicialización de proyectos, retrasos en inversiones y un aumento significativo de los costos económicos y reputacionales.
La “S” de ESG no debe entenderse como un programa de beneficios comunitarios. Su verdadero propósito consiste en gestionar adecuadamente los riesgos sociales y fortalecer las oportunidades de desarrollo compartido.
Esto implica comprender aspectos como:
- La historia del territorio.
- Las expectativas de las comunidades.
- Los liderazgos formales e informales.
- Los conflictos existentes.
- La capacidad institucional local.
- La diversidad cultural.
- Los procesos de participación.
- La construcción de confianza.
Cuando estos elementos son considerados desde las primeras etapas de un proyecto, las organizaciones aumentan significativamente sus posibilidades de construir relaciones sostenibles en el tiempo.
Por el contrario, cuando la dimensión social se incorpora únicamente para cumplir exigencias regulatorias o como una estrategia de comunicación, las comunidades perciben rápidamente la falta de autenticidad, generando desconfianza y debilitando la denominada licencia social para operar.
En este contexto, el desafío para los directorios y equipos ejecutivos consiste en dejar de considerar la sostenibilidad social como una función aislada y comenzar a integrarla dentro de la estrategia de negocio.
La “S” de ESG no pertenece exclusivamente al área de sostenibilidad. Es una responsabilidad transversal que involucra a la alta dirección, las áreas operacionales, los equipos de asuntos corporativos, recursos humanos, comunicaciones y desarrollo de proyectos.
Las organizaciones que comprendan esta evolución estarán mejor preparadas para enfrentar escenarios de mayor complejidad social, fortalecer su reputación corporativa y construir relaciones de largo plazo con sus grupos de interés.
La sostenibilidad social no consiste únicamente en reducir conflictos. Consiste, sobre todo, en generar confianza.
Y en un entorno caracterizado por una creciente incertidumbre, la confianza se ha convertido en uno de los activos estratégicos más valiosos que una organización puede desarrollar.

