El tiempo avanza con una velocidad implacable, pero hay fechas que quedan grabadas en la memoria colectiva de un país. Al mirar hacia atrás, a ese 18 de octubre de 2019, la memoria no solo trae a la mente el fuego, humo y el miedo en las esquinas de nuestras ciudades, evoca también la profunda vulnerabilidad en la que quedó sumergido el Estado de Derecho en Chile. Hoy, a la distancia de los años transcurridos, es necesario reflexionar con honestidad sobre lo que perdimos, sobre las heridas que aún no cierran del todo y sobre aquellos que, en uno de los periodos más oscuros de nuestra historia reciente, sostuvieron con su sacrificio la república.

Aquellas jornadas de octubre y los meses que siguieron no fueron una simple manifestación social desbordada, representaron una fractura institucional donde la anomia social se apoderó de las calles. La destrucción desmedida de los bienes público y privado golpeó sin piedad a los que menos tienen, al pequeño emprendedor que vio cómo el esfuerzo de toda una vida se reducía a cenizas en segundos, a los trabajadores que dependían del transporte público vandalizado y a una ciudadanía que contemplaba cómo la violencia se instalaba y era aceptable por algunos.

Lo más grave de ese periodo no fue solo la destrucción material, sino la peligrosa validación política de la violencia. Produce una profunda vergüenza recordar cómo ciertos sectores políticos y autoridades de la época flaquearon en sus convicciones democráticas, llegando al extremo de recibir y aplaudir en el ex Congreso a la llamada «primera línea», legitimando a quienes sembraban el caos. Nada, absolutamente nada en democracia, puede justificar la destrucción y el asedio a las instituciones.

En medio de ese escenario desolador, el Estado de Derecho se mantuvo en pie principalmente gracias al esfuerzo humano, muchas veces invisible y desatendido, de los hombres y mujeres de Carabineros de Chile. Fueron jornadas de trabajo interminables, sin descanso, donde miles de carabineros arriesgaban la vida a diario en las calles, enfrentándose a la hostilidad y al peligro constante.

En lo personal, durante esa etapa de mi carrera en la institución me encontraba destinado a una unidad administrativa, la Fiscalía de Carabineros de la Prefectura Oriente. Desde ese lugar pude dimensionar, con crudeza y dolor, la verdadera magnitud de la tragedia interna. Me correspondió la instrucción de decenas de sumarios que establecían los derechos y beneficios de atención médica a los carabineros que resultaban heridos en actos del servicio. Detrás de cada expediente había un testimonio y un rostro, una familia, un padre, una madre o un hijo lesionado.

En esos momentos de mayor tensión social, cuando el uniforme era blanco fácil de descalificaciones, gritos y agresiones en cada esquina, la institución experimentó una dolorosa soledad institucional. Ver cómo algunas autoridades del país vacilaban en su respaldo generaba un profundo desaliento.

Sin embargo, en medio de esa marea de deslegitimación, hubo contadas excepciones de coherencia que merecen ser recordadas. La postura de José Antonio Kast y del Partido Republicano permaneció intacta cuando el costo político de apoyar a Carabineros era altísimo. No importaba la corriente en contra, los ataques mediáticos o el clima hostil, siempre hubo palabras claras de respaldo, respeto y reconocimiento para esos miles de funcionarios que dejaban a sus familias sumidas en la angustia para salir a cumplir con su deber.

Ese gesto de lealtad en las horas más oscuras no se olvidan y fue el motivo principal, tras mi retiro de Carabineros de Chile el año 2023, para formar parte de ese grupo de persona, y así, en diciembre de 2024, fui el primer ex Carabinero en ocupar un cargo de elección popular en el Partido Republicano.

Las consecuencias que aún pagamos

Mirar hacia atrás hoy exige también conectar el pasado con nuestro presente económico y social. Muchos de aquellos que hoy critican el estancamiento económico del país parecen olvidar que la estabilidad y el crecimiento dependen, antes que nada, de la confianza y de la seguridad jurídica.

Tras ese terrible momento, Chile perdió credibilidad internacional de manera drástica. Los inversionistas extranjeros y los mercados globales observaron con recelo a un país hasta entonces confiable. La caída económica que hemos arrastrado posterior a 2019 no es una casualidad histórica ni un fenómeno aislado, es la consecuencia directa de haber permitido que el orden democrático estuviera al borde de caer.

Un país en deuda y una reflexión hacia el futuro

Hoy, al mirar la distancia transcurrida, queda una mezcla de profunda reflexión y principalmente de reconocimiento para quienes estuvieron en la verdadera primera línea de la defensa institucional. Cuando un sector radical intentó deliberadamente quebrar la democracia chilena, se encontró con un muro humano, con hombres y mujeres uniformados que, con vocación inquebrantable, no lo permitieron.

Existe en mí, un anhelo profundo, como exmiembro de la institución y como servidor público, que nuestro país jamás vuelva a vivir un episodio de tanta oscuridad, división y violencia.

Juan Francisco Rivera Herrera | Abogado | Concejal de San Bernardo