Hace no muchos años, sentarse a ver el noticiero central o abrir el periódico por la mañana era un ritual civil ineludible. Saber lo que pasaba en el país y en el mundo no solo era considerado un deber ciudadano, sino el termómetro básico para salir a la calle. Hoy, ese termómetro quema. Las cifras más recientes a nivel global y local nos lanzan una realidad incómoda pero profundamente comprensible: prácticamente 7 de cada 10 personas admiten que evitan activamente ver, leer o escuchar noticias.

¿Nos volvimos una sociedad apática e ignorante? La respuesta rápida e integrista diría que sí. Sin embargo, si escarbamos un poco en el sentir de ese 70% de desertores informativos, descubrimos que su desconexión no nace de la flojera intelectual, sino de un mecanismo de defensa. La gente no apaga el televisor porque no le importe su país; lo apaga porque le importa demasiado su salud mental.

El primer gran motivo detrás de esta desconexión es el agotamiento por reiteración o “fatiga informativa”. La agenda de los medios tradicionales parece haber quedado atrapada en un bucle infinito donde la espectacularidad de la tragedia, la delincuencia sin tregua y la crisis política crónica saturan las pantallas. Cuando el menú diario ofrece únicamente catástrofes aderezadas con altas dosis de incertidumbre, el cerebro humano —que no está evolutivamente diseñado para procesar el dolor de todo el planeta en tiempo real y en alta definición— colapsa. El consumo de noticias ha dejado de ser un acto de información para convertirse en un detonante de ansiedad.

A esto se suma la sensación de impotencia. Leer sobre crisis climáticas, economías inestables o guerras nos deja atrapados en un callejón sin salida: nos enteramos de problemas gigantescos ante los cuales el ciudadano común tiene un margen de acción igual a cero. Al final del día, las personas se preguntan de qué sirve cargar con la angustia de un problema que no pueden resolver, mientras intentan lidiar con sus propias deudas, trabajos y dinámicas familiares cotidianas. El apagón informativo se convierte, entonces, en un acto de supervivencia emocional.

Tampoco podemos ignorar la alarmante crisis de desconfianza hacia las instituciones, donde los medios de comunicación no se quedan fuera. Una parte importante de quienes esquivan las noticias argumenta que los enfoques carecen de neutralidad, que se prioriza el clickbait (el anzuelo digital para conseguir visitas) o que las discusiones que se generan en torno a la contingencia son tan polarizadas que terminan por arruinar el ambiente familiar o social. Prefieren eludir la noticia antes que verse arrastrados a una discusión digital estéril.

El gran peligro de este fenómeno es evidente: una ciudadanía desinformada es más vulnerable a la manipulación y menos capaz de exigir sus derechos. Pero la culpa no es del usuario que decide protegerse. El verdadero desafío está del lado de la industria de la comunicación. Mientras el periodismo insista en que “la única buena noticia es una mala noticia” y siga apostando por el conflicto por sobre la explicación, las personas seguirán eligiendo la ceguera voluntaria.

A fin de cuentas, en un mundo hiperconectado y ruidoso, silenciar las notificaciones y elegir no saber no es apatía; hoy por hoy, es lo más parecido a la paz.

Por laconexi