Cuando la tragedia ajena se convierte en motivo de celebración, el problema ya no es la desigualdad, sino la miseria humana.

Hay reacciones en las redes sociales que indignan, otras que preocupan y algunas que simplemente retratan lo peor de nuestra sociedad. Lo ocurrido tras el aluvión que afectó a sectores de Las Condes, donde personas perdieron sus bienes y vieron amenazada su seguridad, ha dejado al descubierto un fenómeno tan preocupante como vergonzoso: quienes, en lugar de solidarizar con las víctimas, han optado por criticarlas y, en algunos casos, celebrar su desgracia por el solo hecho de pertenecer a un sector acomodado de la comuna.

¿En qué momento llegamos a considerar que el sufrimiento de una persona es menos importante porque tiene una casa más grande, vive en un barrio de mayores ingresos o pertenece a un estrato social distinto?

¿Es envidia, resentimiento social o simplemente mala clase?

Podemos discutir durante horas sobre las desigualdades económicas, la concentración de la riqueza, los privilegios y las diferencias que existen entre los chilenos. Son debates legítimos y necesarios en una sociedad que aspira a ser más justa. Pero una cosa es cuestionar las desigualdades y otra muy distinta es alegrarse cuando quienes consideramos privilegiados pierden sus bienes, sufren daños en sus hogares o enfrentan una emergencia que puede cambiarles la vida.

La desgracia no distingue entre ricos y pobres. El agua no pregunta cuánto gana una persona, cuál es su apellido, qué automóvil conduce ni cuánto vale su propiedad antes de arrasar con todo a su paso. Una familia que ve su hogar inundado no deja de sufrir porque su vivienda esté ubicada en un sector acomodado. El miedo, la angustia, la incertidumbre y la impotencia no son patrimonio de una determinada clase social.

Por eso resulta miserable convertir una catástrofe en una oportunidad para ajustar cuentas imaginarias con quienes tienen una mejor situación económica.

La solidaridad no puede depender del código postal de la víctima.

Quienes justifican su falta de empatía argumentando que las personas afectadas tienen recursos para recuperarse deberían preguntarse si conocen realmente las circunstancias de esas familias. Tener una propiedad de alto valor no significa necesariamente disponer de dinero inmediato para enfrentar una emergencia, ni elimina el dolor de perder recuerdos, pertenencias o la tranquilidad del hogar.

Y aun cuando alguien tuviera los recursos suficientes para reconstruir su casa una y mil veces, eso tampoco justificaría celebrar su desgracia. La dignidad humana no se mide por el saldo de una cuenta bancaria, y el derecho a recibir solidaridad no depende del patrimonio de cada persona.

Lo verdaderamente inquietante es que algunas personas parecen experimentar una satisfacción íntima cuando alguien que consideran superior económica o socialmente sufre una desgracia. Como si el dolor ajeno equilibrara las frustraciones propias. Como si ver caer al vecino fuera una forma de justicia social.

Pero eso no es justicia. Es resentimiento.

La justicia social busca corregir desigualdades, ampliar oportunidades y garantizar que nadie quede abandonado. El resentimiento, en cambio, no necesariamente quiere que todos estén mejor: a veces solo necesita que al otro le vaya peor.

Y esa diferencia es fundamental.

No se trata de impedir las críticas ni de exigir que todos sientan simpatía por quienes viven en Las Condes. Cada persona tiene derecho a sus opiniones, incluso a cuestionar el modelo de desarrollo urbano, las políticas públicas o las decisiones de las autoridades. Lo que merece una reflexión profunda es la pérdida de ese mínimo sentido de humanidad que debería unirnos frente a una emergencia.

Porque si la desgracia de una familia nos provoca alegría únicamente porque creemos que pertenece a una clase social privilegiada, el problema no está en la vivienda que perdió esa familia. El problema está en la mirada de quien celebra su pérdida.

Chile necesita menos odio y más sentido de comunidad. Necesita ciudadanos capaces de comprender que las diferencias económicas no nos convierten en enemigos y que la solidaridad no es un premio reservado para quienes piensan como nosotros, viven como nosotros o tienen lo mismo que nosotros.

Hoy son familias de Las Condes las que enfrentan las consecuencias del aluvión. Mañana podría ser una población vulnerable, una localidad rural o cualquier comunidad que deba enfrentar una tragedia. ¿También vamos a buscar razones para culpar a las víctimas según dónde vivan o cuánto tengan?

Una sociedad que normaliza esa lógica termina perdiendo algo mucho más importante que los bienes materiales: pierde la capacidad de reconocerse en el sufrimiento del otro.

Al final, la pregunta que da título a esta columna sigue en pie: ¿envidia, resentimiento social o mala clase?

Probablemente haya un poco de todo. Pero, por encima de cualquier etiqueta, existe una certeza: celebrar la desgracia ajena no hace más digno al que celebra, no hace más justa a la sociedad y no le devuelve nada a quien ha sufrido la tragedia.

La verdadera grandeza de una persona no se demuestra cuando observa caer a quien tiene más, sino cuando es capaz de tenderle una mano, incluso si no comparte su estilo de vida, sus ideas o su posición social.

Porque la pobreza más dolorosa no siempre es la falta de dinero. A veces es la falta de humanidad. Y esa, lamentablemente, no se soluciona con ninguna reconstrucción.