Por Cristián Nieto G. | Periodista

La historia de la humanidad ha sido escrita entre luces y sombras. Grandes avances científicos, tecnológicos y sociales conviven, paradójicamente, con una persistente incapacidad para resolver el más antiguo de nuestros males: la guerra.

La Cruz Roja Internacional ha documentado más de 130 conflictos armados activos en el mundo, una cifra que cuadruplica la existente hace apenas tres décadas. Desde la guerra entre Rusia y Ucrania, considerada la mayor confrontación interestatal en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, hasta el conflicto entre Israel y Hamás que mantiene a Gaza sumida en una devastadora crisis humanitaria. A ello se suman la cruenta guerra civil en Sudán, el conflicto interno en Myanmar tras el golpe militar de 2021, y los escenarios de violencia crónica en Yemen, Somalia, la República Democrática del Congo, Haití y la extensa región del Sahel, donde el terrorismo, las insurgencias y el crimen organizado erosionan día a día la estabilidad de las naciones.

Como si el mapa mundial no estuviera ya suficientemente incendiado, un nuevo frente se ha abierto con los bombardeos realizados por Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní, aumentando la incertidumbre en una de las regiones más sensibles del planeta.

Las guerras producen muerte, destrucción y dolor para quienes participan directamente en ellas. Sin embargo, sus efectos trascienden las fronteras de los países involucrados. La interrupción de cadenas de suministro, el encarecimiento de la energía y de los alimentos, la inflación, las migraciones masivas y la incertidumbre económica terminan afectando a millones de personas que viven a miles de kilómetros de los campos de batalla. En un mundo globalizado, ninguna guerra es realmente ajena.

Mientras tanto, la Organización de las Naciones Unidas parece observar desde la galería. Diseñada para prevenir conflictos y promover el entendimiento entre las naciones, la ONU aparece hoy ausente, limitada e impotente frente a los intereses geopolíticos de las grandes potencias. Su capacidad de mediación se diluye cada vez que el derecho internacional choca con los vetos, las alianzas estratégicas o los cálculos de conveniencia.

La pregunta es inevitable: ¿qué legado dejará el siglo XXI? Si la humanidad continúa transitando por esta senda de confrontación permanente, indiferencia diplomática y competencia desenfrenada, la historia lo recordará como un verdadero anatema, una época marcada por la incapacidad de aprender de sus propios errores.

Pero aún existe otra posibilidad. Si las naciones son capaces de privilegiar el diálogo sobre las armas, la cooperación sobre la rivalidad y el desarrollo compartido sobre la confrontación, este siglo todavía puede transformarse en una gesta épica. Una era en la que la paz, el entendimiento político internacional y el crecimiento económico inclusivo permitan construir un futuro más digno para las próximas generaciones.

La diferencia entre el anatema y la épica no la determinará el destino. La determinarán las decisiones que la humanidad tome hoy.