Pocas cosas nos parecen tan ajenas en el día a día como una cárcel. Para la mayoría de los chilenos, el mundo penal es algo que solo existe en las noticias de las dos de la tarde o en las series de Netflix. Existe una lógica natural y muy humana que dice: “El que cometió un delito, que pague, que lo encierren y que tiren la llave al mar”. Nos reconforta pensar que, una vez que la reja se cierra, el problema desapareció de nuestras vidas.

Pero la realidad es que las cárceles no están en Marte; están a la vuelta de la esquina. Y lo que pasa adentro tiene un impacto directo y brutal en lo que vivimos afuera, incluso en las cosas más simples y cotidianas de nuestra rutina.

Para entender el drama carcelario en Chile, dejemos de lado los informes técnicos de derechos humanos por un minuto y miremos un ejemplo muy casero: imagina que en el baño de tu casa se rompe una cañería. El agua empieza a salir, inunda el pasillo y moja la alfombra. Ante esa emergencia, tienes dos opciones. La primera es cerrar la puerta del baño, ponerle doble llave y pretender que el agua no existe. La segunda es cortar la llave de paso, secar el piso y llamar a un gásfiter para que arregle el tubo roto.

Durante décadas, la política carcelaria en Chile ha sido la de cerrar la puerta del baño con llave. Hemos sobrepoblado los penales a un nivel crítico, ignorando que el agua sigue corriendo por debajo de la puerta.

Piénselo de esta otra forma, con un ejemplo que todos sufrimos: el transporte público en hora punta. Todos nos hemos subido a un vagón del Metro o a una micro del sistema Red que va tan llena que es imposible moverse. La gente va de mal humor, aplastada, respirando el aire del de al lado, y bastantes veces la tensión es tan alta que salta una chispa y se arma una pelea por un empujón sin querer. Eso nos pasa a nosotros durante un viaje de 40 minutos camino al trabajo. Ahora, imagina vivir en esa micro en hora punta durante cinco, diez o quince años, sin poder bajarte nunca, compartiendo una celda diseñada para cuatro personas con doce compañeros más, durmiendo en el suelo y turnándose para usar un baño que muchas veces ni funciona.

¿El resultado? Esas personas no salen rehabilitadas; salen con un doctorado en violencia. El hacinamiento destruye cualquier oportunidad de que alguien aprenda un oficio, termine la enseñanza media o reciba terapia de salud mental. La cárcel chilena actual funciona como una olla a presión: acumula rabia, perfecciona técnicas delictuales y destruye el tejido humano.

Y aquí viene el golpe de realidad para los que creen que esto no les afecta: el 90% de las personas que hoy están presas van a salir en libertad tarde o temprano. Cumplirán su condena y volverán a caminar por las mismas calles que tú y yo.

Ese preso que pasó años viviendo en “la micro en hora punta”, sin ninguna oportunidad de cambiar, un día va a quedar libre. Y esa persona es la que se va a subir a la misma micro real en la que viajas tú, la que va a caminar por fuera del colegio de tus hijos o la que va a buscar trabajo en el almacén de tu barrio. Si la cárcel solo le enseñó a sobrevivir a golpes, ¿cómo esperamos que se comporte cuando vuelva a la sociedad? Si cuando sale, nadie le da trabajo por sus antecedentes y lo único que sabe hacer bien es delinquir, ¿qué cree usted que va a pasar?

Mirar el problema carcelario con una “crítica social positiva” no significa ser ingenuos ni tenerles lástima a los delincuentes; significa ser inteligentes y prácticos. Invertir en cárceles dignas, con talleres de trabajo reales, educación obligatoria y segmentación para que el primerizo no termine viviendo con el líder de una banda criminal, no es un beneficio para el reo: es un seguro de vida para el ciudadano común.

Cada taller de carpintería, cada curso de computación y cada celda que deja de estar hacinada en una cárcel chilena es, en el fondo, un portonazo menos en el futuro, un asalto menos en el almacén de la esquina y un celular menos robado en el centro.

Es hora de entender que abrir las puertas de la reinserción adentro es la única manera de que, en el futuro, podamos caminar un poco más tranquilos afuera. Dejemos de cerrar la puerta del baño con llave y empecemos, de una vez por todas, a arreglar la cañería.

Por laconexi