Chile tiene muchos títulos de los cuales enorgullecerse, pero hay uno que arrastramos con incomodidad y alarmante normalidad: seguimos liderando los rankings de consumo de tabaco en América Latina. A pesar de los esfuerzos legislativos, de las advertencias con imágenes de alto impacto en las cajetillas y de la prohibición de fumar en espacios públicos cerrados, el cigarrillo sigue firmemente instalado en la cultura cotidiana de los chilenos. No es solo un problema de malos hábitos; es una crisis de salud pública silenciosa que nos cuesta vidas y recursos que bien podrían destinarse a otras urgencias sociales.
Las cifras que maneja el Ministerio de Salud no son para tomarlas a la ligera. Se estima que en Chile mueren más de 50 personas al día a causa de enfermedades directamente asociadas al tabaquismo, como el cáncer de pulmón, las patologías cardiovasculares y la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC). Esto significa que, año a año, el humo se lleva a casi 20.000 compatriotas. Detrás de cada estadística hay familias fracturadas y un sistema de salud que debe destinar un porcentaje altísimo de su presupuesto anual para tratar consecuencias que, en su origen, son 100% prevenibles.
Lo más preocupante de la radiografía nacional es el rostro de los nuevos fumadores. El consumo en la población joven, particularmente en mujeres en edad escolar, muestra tasas de inicio que debieran encender todas las alarmas en las comunidades educativas y en los hogares. El cigarrillo ha dejado de ser visto por los adolescentes como un símbolo de rebeldía para convertirse en un mecanismo —erróneo, por cierto— de manejo de la ansiedad y el estrés en un mundo cada vez más acelerado.
A este complejo escenario se suma un nuevo actor que ha venido a nublar aún más el panorama: la irrupción de los cigarrillos electrónicos, vaporizadores y dispositivos de tabaco calentado. Bajo una falsa promesa de “reducción de daños” o presentados como una alternativa inocua gracias a sus sabores frutales y diseños tecnológicos, estos productos están generando una nueva generación de adictos a la nicotina. La evidencia médica internacional ya es clara en señalar que el vapeo no es un juego de niños y que genera daños pulmonares agudos y severos a corto plazo. Chile necesita actualizar su marco regulatorio con urgencia para equiparar estos dispositivos al tabaco convencional antes de que sea demasiado tarde.
El tabaquismo no discrimina; afecta con mayor fuerza a los sectores más vulnerables de nuestra sociedad, perpetuando brechas de equidad en salud que como país nos urge cerrar.
Abordar el consumo de cigarros en el Chile actual requiere ir mucho más allá de la lógica de la prohibición o el aumento de impuestos, aunque ambas herramientas hayan demostrado ser útiles. El verdadero desafío es cultural y educativo. Necesitamos intervenciones profundas en las etapas escolares básicas, fortalecer los programas de cesación del tabaco en la atención primaria de salud —para que dejar de fumar no sea un lujo accesible solo para unos pocos— y abrir un debate honesto sobre la salud mental de nuestra población.
Fumar ya no puede seguir siendo considerado un acto de libertad individual cuando las consecuencias las pagamos todos de manera colectiva. Es momento de que el Estado, la sociedad civil y las familias asumamos un rol activo. Solo limpiando el aire de nuestras ciudades y de los entornos de nuestros jóvenes podremos asegurar un futuro más sano, respirable y próspero para las próximas generaciones. El costo de seguir mirando para el lado es, literalmente, vital.
