Si pudiéramos proyectar en una pantalla la historia de Chile a través de sus parabrisas, veríamos pasar un siglo de cambios sociales, experimentos económicos y sueños de industrialización que hoy descansan en los museos o en el recuerdo de los más viejos.

Del Lujo Francés al “Hagámoslo en Chile”

A principios del siglo XX, el automóvil era un intruso. Cuando los hermanos Copetta trajeron el primer vehículo al país: un Darracq francés y de inmediato el De Dion-Bouton y el Delahaye, que compartían la carretea de Santiago junto a carruajes y caballos.

En esta época, el automóvil no era un medio de transporte, sino un símbolo de estatus extremo, recorriendo las calles de Santiago en 1902. Nadie imaginó que ese artefacto de lujo terminaría siendo el motor de la clase media.

Prontamente, tras la Gran Guerra, Estados Unidos industrializó el automóvil. Chile adoptó rápidamente el modelo americano por su resistencia, como el Ford (Modelo T y A) y Chevrolet. Así en 1924 se instaló la primera planta de armado de Ford en la calle Exposición (Santiago), marcando el inicio del ensamblaje en suelo nacional. Eran motores de gran cilindrada, estructuras de acero y la capacidad de transitar por los precarios caminos rurales de la época.

Así pasamos de la robustez de los Ford estadounidenses (que domaron nuestros caminos de tierra) hacia el verdadero gran Hito, ocurrido en el extremo norte. Este es quizás el periodo más romántico y estratégico. Ante la dificultad de importar vehículos terminados, Chile impulsó una industria propia, centrada principalmente en Arica (Puerto Libre). En los años 60 Arica no era solo una ciudad fronteriza si no que se transformó en nuestro propio Detroit. Bajo el sol del desierto, Chile se atrevió a fabricar.

 De esa audacia nació la Citroneta, ese híbrido ingenioso de mecánica francesa y carrocería chilena que se convirtió en el primer amor de miles de familias. Eran tiempos donde el auto no solo servía para pasear, sino para construir país: la caja de madera de la Citroneta cargaba desde sacos de papas hasta los sueños de progreso de una clase media emergente. La producción local permitió que el auto dejara de ser un lujo de la élite y se convirtiera en un motor de movilidad social para la clase media y el pequeño comerciante. Así pasamos por la Citroneta, Fiat 600 (el querido FITO) y  el Renault

La Fibra de un País

No podemos olvidar hitos casi surrealistas, como los Austin Mini con carrocería de fibra de vidrio, una solución creativa del ingenio Chileno, que ante la falta de matrices de acero. fabrico carrocerías de fibra de vidrio para el Austin Mini.  Autos que hoy en día son piezas de colección únicas en el mundo. El Mini Austin; el auto sueño de la juventud de entonces

 Chile no solo apretaba pernos; adaptaba la ingeniería mundial a su realidad geográfica y económica. Sin embargo, la apertura comercial de los años 70 y 80 trajo consigo el fin de las chimeneas en Arica, abriendo paso a la invasión del sol naciente.

El Boom Asiático: La Democratización del Confort

La llegada de marcas japonesas como Datsun 120Y (Nissan), convertido en leyenda, Toyota, Suzuki y Subaru Introdujeron conceptos como el aire acondicionado, radios con casetes y, sobre todo, una fiabilidad mecánica que permitía recorrer miles de kilómetros sin fallas.  Esto cambio las reglas del juego. Ya no se trataba solo de moverse, sino de hacerlo con una radio encendida y la certeza de que el motor no fallaría. Luego vendrían los coreanos, con Hyundai y Kia a la cabeza, terminando de democratizar el acceso al crédito automotriz. El auto dejó de ser una herencia familiar para convertirse en un bien de consumo renovable.

 El Presente: Gigantes Chinos y Silencio Eléctrico

Hoy, el paisaje ha cambiado drásticamente. El sedán clásico agoniza frente al dominio de los SUV, y las marcas chinas, que hace una década generaban desconfianza, hoy lideran las ventas con pantallas táctiles y motores eficientes. Estamos en el umbral de la transformación más grande desde que los Copetta bajaron su Darracq del barco: la transición hacia la electromovilidad.

Mirar hacia atrás nos permite entender que el vehículo en Chile nunca ha sido solo una máquina. Ha sido el reflejo de nuestras políticas públicas, de nuestra capacidad de invención y de nuestra eterna búsqueda por alcanzar la modernidad.

“Mañana, cuando los motores ya no rujan y solo escuchemos el zumbido de las baterías eléctricas, la historia de la Citroneta o del Datsun 120Y seguirá viva en el ADN de un país que siempre ha sabido que, para avanzar, hay que ponerse sobre ruedas.

Por laconexi