Adam Smith, Max Weber, Benjamín Franklin y los propios Evangelios aún nos ofrecen una guía para construir un capitalismo que sea verdaderamente tal y no una farsa.

«Los siete pecados sociales son: riqueza sin trabajo, placer sin conciencia, conocimiento sin carácter, comercio sin moral, ciencia sin humanidad, adoración sin sacrificio, política sin principios» De un sermón pronunciado por Frederick Lewis Donaldson en la Abadía de Westminster, Londres, el 20 de marzo de 1925.

Según el Oxford English Dictionary, el primer uso de la palabra inglesa “capitalismo” puede encontrarse en la novela de William Makepeace Thackeray The Newcomes, de 1855, donde parecía referirse a actividades destinadas a generar dinero y no a un sistema económico. Hoy conocemos el capitalismo como un sistema que se fundamenta en el derecho irrestricto a la propiedad privada y en la regla del libre mercado. El capitalismo ha demostrado ser el sistema que más se asemeja a la naturaleza humana y ha triunfado sobre su enemigo mortal, el comunismo.

La naturaleza humana es tanto espiritual como física. De la misma forma que exigimos buenos negocios, capacidad para producir bienes de alta calidad, innovación tecnológica, relaciones laborales modernas y la creación de empleos de adecuada calidad, tampoco debemos obviar los aspectos espirituales superiores, como la rectitud, la honestidad, la honradez y la justicia. Tener hombres de negocios tanto técnicamente capaces como probos es lo correcto.

El espíritu y el cuerpo deben estar en armonía, no en guerra. Una cultura sana no puede subsistir mucho tiempo sin una economía sana, y viceversa. No son socios iguales, pero tampoco son amo y esclavo. Como sostuvo C. S. Lewis en Los cuatro amores, “lo más elevado no puede subsistir sin lo más bajo”, y tampoco deberíamos “deshacernos de nuestra plata para dejar lugar al oro”. (Una cultura sana en una economía sana, Paul Mueller, LawLiberty)

El mismo autor afirma: “El capitalismo de libre empresa es la estructura y el ordenamiento más natural de la sociedad humana. Respeta la voluntad moral, la autonomía y la responsabilidad individuales, el imperio de la ley y la asociación voluntaria y civil. En el capitalismo de libre empresa encontramos abundantes oportunidades para perseguir la vocación y cumplir el mandato cultural en la creación. En términos más generales, también solemos encontrar una mayor libertad religiosa y tolerancia”.

En otra sabia observación, Mueller nos dice que lo anterior “…tiene implicaciones para la manera en que deberíamos hablar del mercado cuando éste tiene problemas y deficiencias. A veces el espíritu debe enfrentarse a los excesos y abusos del cuerpo, pero lo hace desde una estrecha afinidad, incluso amor, por el cuerpo que habita. Deberíamos defender un capitalismo de libre empresa saludable. A veces nuestros cuerpos necesitan intervenciones externas, como medicamentos o cirugías, para recuperar la salud, pero la mayoría de las veces necesitan una renovación desde dentro, una visión de la salud, establecer ritmos de ejercicio y descanso, de buena alimentación y de respeto por nuestras limitaciones”.

LA ÉTICA, EL CAPITALISMO Y LAS GANANCIAS

Lo anterior nos enseña que el cuerpo sin el espíritu es como un cuerpo sin mente: no tiene dirección. Quienes piensan que los límites que pueden imponer las virtudes religiosas o la mera conciencia constituyen una atadura al capitalismo y a la creación de riquezas están equivocados.

Max Weber, en su libro “La ética protestante y el capitalismo”, enfatiza la relación entre religión y el desarrollo capitalista.

Weber, que no negaba las condiciones históricas del paso a la era industrial, advertía a la clase capitalista sobre la necesidad de evitar el gasto extravagante e innecesario; evitar el disfrute consciente del poder que le brinda su posición (estatus); llevar una vida de estricta disciplina (ascetismo intramundano), marcada por la modestia y la moderación; y no obtener personalmente de su riqueza nada salvo la sensación “irracional” de haber hecho bien su trabajo.

Él recuerda el libro escrito en 1758 por Benjamín Franklin, «The Way to Wealth» (El Camino a la Riqueza), catalogado como un escrito primordial acerca del pensamiento económico republicano dentro de la sociedad capitalista en los Estados Unidos de América. No debemos olvidar que uno de los tres derechos originales de la Declaratoria de la Independencia del 4 de julio era el derecho de las personas a la búsqueda de la felicidad.

Weber trae a su obra citas del libro de Franklin, quien, criado en una familia puritana, era deísta, catalogado como un deísta providencial que creía que el Creador tenía un plan. Él no estaba en contra del comercio, de los negocios ni de obtener ganancias, pero sí afirmaba un código ético.

Algunos de sus dichos son: El camino hacia la riqueza es tan sencillo como el camino hacia el mercado. Depende principalmente de dos palabras: laboriosidad y frugalidad; es decir, no malgastar ni tiempo ni dinero, sino hacer el mejor uso de ambos. Sin laboriosidad y frugalidad, nada se puede hacer; con ellas, todo.

Dice por igual: “El dinero puede engendrar dinero y su descendencia puede engendrar más, y así sucesivamente. Cinco chelines convertidos son seis, convertidos de nuevo son siete y tres peniques, y así sucesivamente, hasta que se conviertan en cien libras. Cuanto más hay, más produce en cada giro, de modo que las ganancias aumentan cada vez más rápido. El que mata una cerda reproductora, destruye toda su prole hasta la milésima generación. El que asesina una corona, destruye todo lo que podría haber producido, incluso decenas de libras”.

Tampoco el liberalismo económico, en algunas de sus expresiones, debería olvidar el libro de Adam Smith, fundador de aquel, y sus creencias expresadas en la “Teoría de los sentimientos morales”, donde expresa su opinión de que los seres humanos tenemos una tendencia innata a simpatizar con nuestros semejantes; con ese fin, moderamos nuestra conducta. Esa es la base de nuestros juicios morales.

La ética cristiana, desde los Evangelios, no estuvo en contra de la riqueza, como se piensa, sino que cuestionó cómo se conseguía el dinero, qué se hacía con él y la idea de hacer de la creación de riqueza el centro de nuestras vidas.

En Mateo 25:14-30 vemos la Parábola de las monedas de oro. En Proverbios 13:11-15 leemos: “El dinero mal habido pronto se acaba.

Nuevamente, los valores y virtudes espirituales y sus implicancias éticas son necesarios para el capitalismo. Las Familias, la Educación y las Comunidades son las madres de los emprendedores y de un mejor liderazgo empresarial. Sin ellos, el capitalismo tendrá tal vez un corto trecho antes de convertirse en un cadáver putrefacto. El desparpajo en la exhibición de la riqueza, el robo para el enriquecimiento, las empresas y empresarios que avanzan gracias a favores de los políticos y los monopolios que ahogan a nuevas empresas creadas por emprendedores abandonan y violan los principios del libre comercio: el escenario donde se compite ofreciendo mejores servicios y productos para el bien de los consumidores.

Adam Smith, Max Weber, Benjamín Franklin y los propios Evangelios aún nos ofrecen una guía para construir un capitalismo que sea verdaderamente tal y no una farsa.

Jorge Guldenzoph