Hay una frase que aparece cada cierto tiempo, especialmente cuando nos encontramos con antiguos compañeros, cuando revisamos una fotografía guardada durante años o cuando volvemos a entrar, aunque sea por unos minutos, a ese lugar que alguna vez fue nuestro mundo entero: “Qué lindos eran esos años”.

Y casi siempre hablamos del colegio.

Recordamos los recreos, las interminables conversaciones, las bromas que hoy probablemente no entendería nadie que no las haya vivido con nosotros, los profesores que en ese momento parecían insoportables y que con los años terminamos recordando con cariño. Recordamos los primeros amigos, los primeros amores, las primeras decepciones y esa extraña sensación de que el futuro estaba tan lejos que parecía no existir.

Entonces aparece la pregunta: ¿fueron realmente los mejores años de nuestra vida?Quizás sí. Pero quizás no.

Quizás lo que extrañamos no es el colegio, sino la persona que éramos cuando estábamos ahí.

Porque había algo que todavía no sabíamos: que crecer significaba empezar a perder cosas.

Perderíamos amigos por culpa de la distancia, del tiempo o simplemente porque la vida tomaría caminos diferentes. Perderíamos personas que creíamos que estarían para siempre. Descubriríamos que los adultos tampoco tenían todas las respuestas. Que trabajar cansa. Que pagar cuentas ocupa espacio en la cabeza. Que las decisiones tienen consecuencias y que, muchas veces, elegir un camino significa renunciar a otros.

En el colegio, en cambio, el futuro parecía una promesa.

Todavía no sabíamos cuánto podía pesar una responsabilidad.

No conocíamos completamente el miedo al fracaso, la incertidumbre laboral, las preocupaciones por los hijos, por los padres que comienzan a envejecer, por la salud, por el dinero o por todas esas cosas que aparecen cuando dejamos de ser adolescentes y entendemos que la vida ya no es solamente algo que nos sucede: también depende de las decisiones que tomamos.

Por eso quizás miramos hacia atrás con tanta nostalgia.

No necesariamente porque aquellos años fueran mejores, sino porque nosotros éramos más livianos.

Y hay otra cosa que olvidamos cuando idealizamos el pasado: también fuimos infelices.

También tuvimos inseguridades.

También hubo días en que quisimos que el colegio terminara para siempre.

Hubo compañeros que nos hicieron sentir mal, profesores que no comprendimos, amores que terminaron en lágrimas, amistades que se rompieron y tardes en que el mundo adolescente podía parecer tan complicado como cualquier problema de adulto.

La memoria, sin embargo, tiene una curiosa manera de editar nuestras vidas.

Con el paso del tiempo va quitando algunos dolores y dejando las fotografías más bonitas.

Quizás por eso las reuniones de exalumnos tienen algo de máquina del tiempo. Durante unas horas volvemos a llamarnos por los apodos de entonces, nos reímos de las mismas historias y descubrimos que, aunque hayan pasado veinte, treinta o cuarenta años, hay una parte de nosotros que sigue sentada en aquel patio.

Y tal vez ahí está la verdadera respuesta.

Los mejores recuerdos no necesariamente pertenecen a los mejores momentos de nuestra vida.

Pertenecen a los momentos que construyeron nuestra vida.

El colegio fue importante porque allí comenzamos a descubrir quiénes éramos. Aprendimos a pertenecer, a competir, a perder, a ganar, a enamorarnos, a equivocarnos y a levantarnos. Allí hicimos amistades que quizás duraron toda la vida y otras que apenas sobrevivieron a la última campana.

Pero después vinieron otros momentos.

El primer trabajo.

La independencia.

El nacimiento de un hijo.

Un amor que sí funcionó.

Un viaje inesperado.

Una conversación que nos cambió la manera de mirar el mundo.

La reconciliación con alguien.

El orgullo de ver crecer a quienes amamos.

Incluso esos momentos difíciles que alguna vez quisimos olvidar y que, con los años, terminaron enseñándonos algo.

Entonces quizás deberíamos dejar de decir que nuestros mejores años quedaron atrás.

Porque si lo hacemos, corremos el riesgo de convertir el presente en una sala de espera y el futuro en una repetición imposible del pasado.

Tal vez el colegio no fueron nuestros mejores años.

Tal vez fueron simplemente nuestros primeros grandes años.

Los años en que comenzamos a escribir la historia.

Y quizá por eso volvemos tanto a ellos.

No para vivir nuevamente en el pasado, sino para recordar quiénes éramos antes de convertirnos en quienes somos.

Porque al final, quizás la nostalgia no nos está diciendo que antes éramos más felices.

Quizás solamente nos está preguntando si todavía somos capaces de sentir aquella misma ilusión con la que, alguna vez, miramos hacia adelante sin saber exactamente qué nos esperaba.

Y esa, tal vez, sea una pregunta mucho más incómoda. Recordar algo que, entre responsabilidades, rutinas y problemas, a veces olvidamos:

Que alguna vez tuvimos miedo del futuro y, aun así, caminamos hacia él.

Que alguna vez no sabíamos qué iba a pasar.

Y que quizás todavía podemos recuperar un poco de esa capacidad de mirar hacia adelante sin necesitar tener todas las respuestas.

Después de todo, los mejores años no tienen por qué ser los que ya vivimos.

Quizás todavía están esperando que los vivamos.

Porque el colegio terminó hace mucho.

Pero la vida todavía no.

 

Humberto García | Contador Auditor | Director La Conexión