Hay historias que suceden a miles de kilómetros y, sin embargo, parecen escritas sobre el mismo papel. Uno llega a preguntarse cómo, lugares tan remotos, pueden compartir una realidad tan parecida. ¿Cuántas vivencias, dramas, esperanzas o anhelos pueden compartir quienes habitaban y habitan en lugares como Lota, el corazón de la minería del carbón en Chile, y nuestra Comarca, El Bierzo, en España?
¿Cuántos recuerdos de sirenas anunciando una catástrofe compartimos? ¿Cuántos rostros tiznados de negro antracita invaden nuestras memorías infantiles? ¿Cuántos conocidos no han vuelto a salir de las galerías? ¿Cuántos velatorios impotentes tuvimos que vivir? ¿Cuántos niños corrían por nuestras calles? ¿Cuánto nos arrebató la mina? ¿Cuánto nos dió?
Y hoy, cuando parece que la obra ha concluido y ya cayó el telón, en estos pueblos nuestros vacíos, silenciosos, ancianos y pobres, nos preguntamos ¿volverán algún día los buenos tiempos? Tiempos duros, dolorosos, sí, pero vivos y prósperos.
Y nos lo preguntamos porque hemos visto pasar nuestra amada tierra de la frenética velocidad de la vida próspera, a la quietud de la subsistencia mísera en unas pocas décadas. Y este vacío nos está matando mucho más que la mina. La mina que nos cobraba en vidas la prosperidad que nos daba. Hoy nos arrebatan el futuro sin darnos nada a cambio.
Allende la Mar Océana encontramos pueblos que también vivieron durante generaciones alrededor de una actividad minera que no era simplemente un trabajo. Era su forma de vida, su identidad y el sustento de sus familias.
Y es inevitable pensar en El Bierzo.
En el 91, el carbón proporcionaba cerca de 5.000 empleos en la cuenca berciana, aproximadamente la mitad de la comarca. En Lota, durante los años setenta, llegaron a trabajar 13.000 hombres en las minas. Décadas después, ambas realidades terminaron igual, dejando nuestra tierra completamente abandonada a su suerte.
En Chile, las minas de Lota cerraron definitivamente en abril del 97. Cerca de 1.500 mineros perdieron su trabajo con el cierre definitivo. Sus familias sin sustento fuera del subsidio estatal. Su tierra sin futuro próspero, ni esperanza alguna de recuperarlo.
En El Bierzo el proceso fue más largo, pero el resultado ha tenido las mismas consecuencias. La reducción del empleo minero se prolongó durante décadas hasta que, en noviembre de 2018, la última mina activa cerró.
Y todo el proceso bajo el pretexto de que había que “combatir la contaminación”. La realidad era mucho más mundana. Siempre ha sido más fácil controlar a quienes dependen de “papá Estado” que a quienes se ganan el pan con el sudor de su frente, y los mineros eran demasiado incontrolables.
Dos naciones. Dos historias demasiado parecidas. Un mismo problema.
Cuando desde los políticos hablan de reconversión, transición, sostenibilidad, Agenda 2030… siempre olvidan que tras sus hojas de cálculo e informes están las vidas reales de personas reales. ¿Y qué ocurre con nuestra gente cuando le arrebatan su futuro?
Porque una mina puede cerrarse con una firma. Pero el pueblo, desgraciadamente desaparece. Y las consecuencias siempre las pagan los mismos.
Los mismos que estamparon su firma para cerrar las minas hoy se rasgan las vestiduras aventurando el fin del mundo rural y el traslado de las sociedades hacia enormes e impersonales cosmopolis. El chiste se cuenta solo.
Debemos reivindicar una política que ponga en el centro a las personas, el empleo, la industria, el campo y la soberanía energética. ¡Qué ponga en el centro de todo la prosperidad y el futuro de su gente!
Necesitamos energía, estable y competitiva; necesitamos industria; y necesitamos que las zonas rurales y mineras tengan oportunidades reales para que nuestros jóvenes puedan quedarse. Necesitamos dejar de preguntarnos si volverán los buenos tiempos. Simplemente queremos que vuelvan.
El Bierzo y Lota no necesitan compasión. Necesitan oportunidades para que nuestros hijos se puedan quedar. Porque siempre fuimos una tierra dura, de hombres y mujeres fuertes, solo necesitamos que nos dejen labrarnos nuestro futuro, ya sea con la azada o con el pico.
Por eso, cuando hablamos de minería debemos hablar de personas.
Porque detrás de cada mina hay un minero. Detrás de cada minero hay una familia. Y detrás de cada familia hay un pueblo.
Y esos pueblos también tienen derecho a recuperar su futuro.
Patricia González Gutiérrez | Portavoz Grupo Municipal Vox Ponferrada.

