La psicóloga y sexóloga Dra. Marsella Jiménez explica cómo la falta de luz solar en los meses de otoño e invierno puede desencadenar anhedonia, baja del deseo sexual y conflictos de pareja, y entrega claves para abordarlo de forma integral
Santiago, Chile. Entre abril y agosto, miles de personas en Chile experimentan un cambio de ánimo que suelen describir con una frase similar: “no sé qué me pasa, no estoy triste, simplemente no tengo ganas de nada”. Según la Dra. Marsella Jiménez, psicóloga y sexóloga, este malestar tiene nombre y explicación clínica: se trata del Trastorno Afectivo Estacional (TAE), una forma de depresión vinculada a la disminución de luz solar propia de los meses fríos.
“El TAE no es falta de voluntad ni flojera invernal”, explica la especialista, quien detalla que el trastorno altera tres pilares neurobiológicos clave: la melatonina, la serotonina y el reloj circadiano. Cuando este equilibrio se rompe, se ven afectados el sueño, el apetito, el estado de ánimo y también la sexualidad.
La anhedonia, el síntoma que pasa inadvertido
De acuerdo con la Dra. Jiménez, en el TAE de invierno —el más frecuente en Chile— el síntoma central no es necesariamente la tristeza o el llanto, sino la anhedonia: la pérdida progresiva de la capacidad de sentir placer. Quienes lo padecen duermen más pero no descansan, aumentan el consumo de carbohidratos, se aíslan socialmente y desarrollan un diálogo interno autocrítico (“así soy”, “ya no sirvo”).
La especialista subraya la importancia de psicoeducar a la población: el TAE no es un rasgo de personalidad, sino un estado con causas biológicas, psicológicas y contextuales. Nombrarlo, señala, “le quita culpa y abre la puerta al cuidado”.
Un impacto silenciado: la sexualidad también entra en invierno
Uno de los aportes centrales de la mirada sexológica de la Dra. Jiménez es visibilizar un efecto del TAE del que “casi nadie habla”: su impacto directo en la vida sexual y afectiva de las personas. Entre los efectos que identifica se cuentan:
- Baja del deseo sexual, producto de la fatiga neuroquímica generada por la caída de serotonina y el alza de melatonina, que —de no explicarse— puede ser malinterpretada por la pareja como rechazo.
- Desconexión corporal, asociada a cambios físicos que afectan la autoimagen y la relación erótica con el propio cuerpo.
- Anestesia afectivo-erótica, una disminución generalizada de las ganas de contacto físico, abrazar, besar o jugar.
- Conflictos de pareja, cuando una persona busca “hibernar” y la otra busca conectar, generando culpa, presión y evitación si no existe comunicación erótica.
“El TAE no solo deprime el ánimo, deprime el vínculo”, afirma la profesional.
Un abordaje integral: más allá de “esperar la primavera”
Frente a este panorama, la Dra. Jiménez plantea que el tratamiento no consiste en esperar pasivamente la llegada de la primavera, sino en “traer luz, en todo sentido, de forma intencional”. Su propuesta integrativa contempla cuatro ejes:
- Luz para el cerebro: fototerapia matutina, caminatas con luz natural y horarios de sueño regulares.
- Movimiento placentero, no punitivo: actividad física orientada a reconectar con el cuerpo —baile, estiramientos, yoga— y no a la baja de peso.
- Higiene erótica invernal: mantener el erotismo activo sin poner el foco en el orgasmo o la penetración, mediante masajes sin objetivo, duchas conscientes, abrazos prolongados y autoexploración amorosa.
- Terapia y red de apoyo: terapia cognitivo-conductual (TCC) adaptada al TAE, incorporando a la pareja en sesiones psicoeducativas, y derivación a psiquiatría cuando los síntomas son intensos o recurrentes cada año.
El llamado de la especialista
Para la Dra. Marsella Jiménez, el desafío es abordar el TAE “con compasión y sin tabúes”, ampliando las preguntas habituales en la consulta clínica más allá del sueño o el ánimo: “¿cómo está tu deseo?, ¿cómo está tu placer?, ¿cómo está tu vínculo?”.
“Sanar también es volver a sentir ganas. Ganas de vivir, de tocar y de ser tocados”, concluye la especialista.

