Imagínate que en tu barrio hay solo dos almacenes. El dueño de uno es también el dueño de la micro que te lleva al trabajo y de la farmacia de la esquina. El dueño del otro almacén es el jefe de tu señora y el que te presta la plata para el auto. Si un día el pan sale añejo o la micro pasa tarde, ¿tú crees que en el diario que esos mismos vecinos imprimen van a decir algo malo de sus propios negocios? Difícil, ¿cierto?

Bueno, en Chile no estamos imaginando. Así funciona nuestra tele, nuestros diarios y gran parte de las radios.

El “patrón del fundo” digital

En Chile tenemos una costumbre bien curiosa: nos gusta que los medios tengan dueños con apellidos de calles o de edificios grandes. Por ejemplo, si ves Canal 13 o escuchas radios como Play o Sonar, estás viendo el mundo a través de los ojos del grupo Luksic, que además de la tele, tiene bancos, minas de cobre y fábricas de cerveza.

Si sintonizas Mega, estás en la casa de los Heller-Solari (los mismos de Falabella). Y si lees El Mercurio o La Tercera, estás entrando al mundo de las familias Edwards o Saieh (los de los supermercados y bancos). Hasta hace poco, Chilevisión era de unos gringos, pero ahora pasó a manos de un grupo llamado Vytal, que también son peces gordos del entretenimiento.

El problema no es que sean ricos, es que sean los únicos

A ver, que alguien tenga plata para comprar un canal no es el pecado. El problema es cuando “los de siempre” son los únicos que cortan el queque. Es como si en una junta de vecinos solo dejaran hablar a los que tienen casa propia y auto del año. Los que arriendan o andan a pie también tienen cosas que decir, pero no tienen el micrófono.

Cuando el dueño de un medio tiene intereses en las AFP, en las Isapres o en la minería, es natural que sus periodistas (que son trabajadores que cuidan su pega) lo piensen dos veces antes de publicar una noticia que deje mal parado al “jefe de arriba”. No es que les prohíban hablar, es que hay temas que, simplemente, se van quedando al fondo del cajón.

La dieta de la información

Consumir noticias en Chile hoy es como querer hacer una dieta equilibrada comiendo solo en locales de comida rápida. Te vas a llenar, sí, pero no te estás alimentando bien. Si todos los medios importantes piensan parecido porque sus dueños viven en el mismo barrio y van al mismo club, al final terminamos creyendo que la realidad es solo lo que pasa entre Plaza Italia y la Dehesa.

¿Qué hacemos entonces?

No se trata de quemar la tele ni de dejar de leer el diario. Se trata de ser “pilluelos” como consumidores. Si sabes que el dueño del diario tiene un banco, cuando leas sobre intereses, tómalo con un granito de sal.

La verdadera libertad de prensa no es que el dueño pueda decir lo que quiera; es que nosotros, los ciudadanos, tengamos diez opciones distintas para comparar y no solo dos versiones de la misma historia contada por los mismos protagonistas. Al final del día, el control remoto y el dedo para hacer scroll siguen siendo nuestros. Usémoslos para buscar esas voces que no tienen un holding detrás, porque a veces, la verdad no viene en papel couché ni con música de noticiero importante.

Por laconexi