En marzo el Estado firmó un decreto para fijar el precio de paridad de importación de los combustibles. Con el trigo hace exactamente el mismo cálculo, todas las semanas, desde hace quince años. La diferencia es que en el combustible obliga y en el trigo no obliga a nadie. Veinticinco años después, La Araucanía perdió cuatro de cada diez empleos agrícolas y Chile importa más de la mitad del trigo que muele. Y el precio internacional acaba de subir cincuenta por ciento.

Empecemos por el decreto

El 20 de marzo de este año el Ministerio de Hacienda dictó el Decreto Exento número 103.

Entró en vigencia el 26. No fue noticia, porque los decretos de este tipo no son noticia.

Lo que hace es simple y vale la pena entenderlo bien. Fija en cuatro semanas el período que se usa para calcular el precio de paridad de importación de las gasolinas, del diésel y del gas licuado vehicular. Y define ese precio como el que tienen esos combustibles en los mercados internacionales que le importan a Chile, puestos en el puerto de Quintero, con un ajuste por diferencia de calidad, en la semana anterior.

O sea: el Estado de Chile toma el precio de afuera, le suma el flete y el seguro, lo pone en un puerto chileno, lo corrige por calidad, lo promedia unas semanas para que un salto brusco del mercado internacional no se traspase de golpe, y con eso construye una referencia que rige.

Nadie discute que eso esté bien hecho. Yo tampoco lo discuto. Está bien hecho.

Ahora miren lo que hacemos con el trigo

La Oficina de Estudios y Políticas Agrarias del Ministerio de Agricultura calcula todas las semanasel Costo Alternativo de Importación del trigo. Toma el precio internacional, lo pone en Santiago, lo separa por origen —Argentina, Estados Unidos, Canadá— y por calidad, con el tipo de cambio del período. Lo publica.

Lleva quince temporadas haciéndolo. Más de trescientos informes. Es el mismo cálculo. La misma lógica. El mismo Estado.

La única diferencia es que en el combustible la paridad de importación es una regla, y en el trigo es un boletín.Una obliga. La otra informa. Una es la referencia contra la que se ordena un mercado. La otra es un archivo PDF que se sube el jueves.

Y hay algo peor, que es la asimetría. Con el combustible el Estado se preocupa de que una subida internacional no se traspase de golpe al consumidor: por eso promedia cuatro semanas. Con el trigo dejamos que el precio internacional se traspase de golpe al productor, pero solamente cuando baja. Cuando sube, se traspasa despacio.

Lo que pasa cuando la paridad no obliga

Esta temporada se pagó entre diciembre y febrero, y se pagó en el peor momento del ciclo, porque el mundo venía de una cosecha récord.

En la última semana de la campaña el precio promedio país fue de veintitrés mil quinientos veinticuatro pesos el quintal. El año anterior fueron veintiséis mil ciento treinta y dos. El 2022, treinta mil cuatrocientos setenta y nueve. Diez por ciento menos que la temporada pasada, casi un cuarto menos que hace cuatro años, y eso sin descontar inflación. En Los Ríos la caída fue de trece por ciento.

Ahora pongan al lado el cálculo del propio Ministerio, de esa misma semana. Traer trigo blando del Golfo de Estados Unidos costaba veintiséis mil doscientos ocho pesos el quintal. El trigo duro, veintiocho mil doscientos treinta y dos. Al agricultor chileno se le pagaron veintitrés mil quinientos veinticuatro.

Y conviene saber que algo más de la mitad del trigo que Chile importa no viene de Argentina: viene de Canadá y de Estados Unidos. Contra esa mitad, al productor chileno se le pagó entre un diez y un diecisiete por ciento menos de lo que costaba traer el sustituto.

Esa es la brecha. No es una opinión del gremio: son dos cifras del Ministerio, publicadas la misma semana, en el mismo informe, a tres páginas de distancia.

 

Quince compradores para todo Chile

Hay otro dato en ese informe que nadie comentó, y es el que más asusta.

En la última semana de la temporada quedaban quince poderes de comprainformando precios entre Valparaíso y Los Ríos. En la misma semana del año anterior eran veintidós. Siete menos en doce meses.

Bajemos al territorio, que es donde se entiende. A esa fecha, en Ñuble no figuraba ningún comprador informando precio. En Los Lagos, uno. En Los Ríos, dos: el molino Collico y el molino Grob. Y los dos aparecen ofreciendo exactamente el mismo precio, peso por peso.

No estoy acusando a nadie, y quiero que quede claro. Puede haber una explicación perfectamente razonable, y es que los dos miran la misma referencia importada. El punto es otro y es más sencillo: un productor de Los Ríos que iba a vender su trigo tenía enfrente dos puertas, y detrás de las dos estaba el mismo número. Eso no es negociar. Eso es aceptar.

Todo esto mientras Los Ríos llevaba sesenta y ocho por ciento de cosecha y Los Lagos sesenta y uno. Con el grano todavía en el potrero.

 

La cuenta llegó, y viene en dos partes

Llevamos veinticinco años sin aplicarle al trigo la regla que sí le aplicamos a la bencina. La cuenta ya se está pagando, y se paga en dos monedas.

La primera es el trabajo.La Araucanía sembraba ciento setenta y cinco mil seiscientas hectáreas de trigo. Hoy siembra setenta y nueve mil novecientas setenta y nueve. Y medido siempre en el mismo trimestre del año, para que nadie lo atribuya a la estación, en la región había ochenta y nueve mil quinientas personas trabajando en la agricultura el 2013, y cincuenta y un mil trescientas el 2024.

Treinta y ocho mil empleos agrícolas menos en once años. Cuatro de cada diez.

 

Eso no es un ajuste. Eso es un pueblo que se vacía. Y no se vacía solo el campo: se vacía la ferretería, el taller, la maestranza, el almacén y la peluquería, porque el que compraba ahí ya no está.

La segunda es el pan.Y acá está el dato que a mí me dio vuelta la cabeza cuando lo revisamos.

Chile no dejó de comer pan. La molienda nacional lleva quince años clavada en un millón novecientas mil toneladas al año: un millón novecientas veintiséis mil el 2011, un millón novecientas veintitrés mil el 2025. Prácticamente la misma cifra.

El consumo está intacto. Lo único que cambió es de dónde sale el grano. Hoy el cincuenta y seis por ciento del trigo que muelen los molinos chilenos se compró afuera. Las

importaciones llegaron a un millón setenta y cinco mil toneladas el año pasado, y en los primeros siete meses de este año van casi un tercio más que en el mismo período de 2025.

Y cambió también dónde se muele. El ochenta y siete por ciento del trigo importado entra por San Antonio; por Coronel entra el dos por ciento y por Puerto Montt otro dos. El grano se muele donde desembarca. En lo que va de este año la molienda de La Araucanía cayó dieciocho por ciento, la de Ñuble diez y la de Los Ríos y Los Lagos seis, mientras la Región Metropolitana molió exactamente lo mismo que el año pasado. Los molinos del país eran setenta y siete el 2011; hoy son sesenta y ocho.

El sur siembra el trigo y Santiago lo muele. Eso ya venía siendo así. Lo nuevo es que ahora Santiago muele trigo que nunca pisó el sur.

 

Y justo ahora sube

En agosto el trigo llegó en Chicago a su valor más alto desde febrero de 2023. En doce meses subió cerca de un cincuenta por ciento.

No subió por nada que hayamos hecho nosotros. El Departamento de Agricultura de Estados Unidos, en su informe del 12 de agosto, recortó la cosecha mundial de la temporada que viene de ochocientos cuarenta y tres millones de toneladas a ochocientos diecinueve, y bajó el comercio mundial, con una explicación de una línea: redujo las exportaciones de Rusia y Ucrania por la interrupción logística que provocó el aumento del conflicto entre ambos en el Mar de Azov y el Mar Negro. Entre esos dos países sale más de un cuarto del trigo del planeta. El mismo informe subió el precio que espera para el agricultor estadounidense: de cinco dólares con seis por bushel a seis con veinte.

Ya está llegando. El trigo que Chile importó en febrero costó doscientos cuarenta y cuatro dólares la tonelada; el de junio, doscientos noventa y cuatro. Y el dólar, que en febrero estaba en ochocientos sesenta y cinco pesos, hoy bordea los novecientos veinte.

Y Chile llega a esa subida con ciento setenta y dos mil ochocientas sesenta y siete hectáreas de trigo: la cifra más baja de toda la serie.El año agrícola 1979/80 se sembraron quinientas cuarenta y dos mil.

Es el peor negocio que puede hacer un país. Desarmar la capacidad de producir un alimento durante los años en que ese alimento vale poco, para tener que comprarlo afuera

justo cuando empieza a valer mucho. Cualquier agricultor lo entiende, porque es lo mismo que vender las vacas en el año malo.

Con el combustible somos dependientes del extranjero porque no tenemos petróleo. Con el trigo lo somos porque decidimos serlo.

 

La pregunta, con fecha

Dejo planteada una sola pregunta, y se va a poder revisar en enero con los números que publica el propio Ministerio.

¿Va a subir el precio que se paga en Traiguén en la misma proporción en que subió el costo de traer el trigo de afuera?

Porque cuando el costo de importación cayó diecinueve por ciento, el precio al productor cayó a la semana siguiente. Nadie tuvo que discutirlo. Se ajustó solo.

Yo no doy la respuesta. La va a dar la temporada. Pero dejo el marcador puesto por escrito y con fecha.

 

Y la Ley del Grano sigue durmiendo

Lo que pedimos es una sola cosa, y no hay que inventarla: que el precio del trigo se refiera a la paridad de importación —bien calculada, limpia de distorsiones en origen— y que ese referente sea de cumplimiento obligatorio. Eso es la Ley del Grano.

No pedimos subsidios: el subsidio empobrece al que lo recibe y lo termina pagando el que menos tiene. No pedimos crédito: endeudarse en una actividad a la que le sacan el margen es poner el campo de la familia a cubrir la pérdida de otro. No pedimos obras.

Y a quien diga que esto le sube el pan a la gente, la cuenta está hecha: pagarle la paridad a todo el trigo de Chile cuesta alrededor de doscientos setenta y cinco pesos al mes por chileno. Menos que un pan al día.

El instrumento existe. Está firmado, tiene metodología publicada, entró en vigencia en marzo y funciona. Solo que se aplicó a la bencina.

El proyecto que haría lo mismo con el trigo lleva meses sin avanzar en el Congreso. Ahí sigue, durmiendo, mientras cada temporada que pasa se van unas miles de hectáreas más y unos cuantos compradores más.

El Estado chileno ya sabe calcular un precio de paridad de importación. Con el trigo lo hace todas las semanas, hace quince años, y lo hace bien. Lo único que no ha querido hacer es que sirva para algo.

Con el combustible entendimos a tiempo que la paridad protege. Con el trigo lo vamos a entender igual, pero al revés, y el examen se llama pan.

Camilo Guzmán, Presidente de Agricultores Unidos