Lo que las prisiones, las calles y los territorios olvidados revelan sobre las decisiones políticas de América Latina

La tuberculosis tiene cura. Esta afirmación debería ser suficiente para que la enfermedad estuviera desapareciendo. Sin embargo, sigue cruzando celdas superpobladas, refugios, ocupaciones, calles, territorios empobrecidos y hogares donde falta casi de todo, incluido el derecho a enfermar sin ser culpabilizado. Cuando una dolencia prevenible y curable persiste durante siglos, el problema ya no reside únicamente en la bacteria. Radica en la sociedad que decide quién merece respirar con seguridad y quién puede seguir esperando.

En 2024, cerca de 10,7 millones de personas enfermaron de tuberculosis en el mundo y aproximadamente 1,23 millones murieron. Las cifras son enormes, pero todavía dicen poco. Las estadísticas contabilizan casos; rara vez contabilizan habitaciones sin ventilación, jornadas extenuantes, hambre, miedo, desplazamientos, humillaciones y puertas cerradas. La tuberculosis no se propaga en el vacío. Encuentra su camino allí donde la desigualdad ya ha preparado el terreno.

Tal vez por eso nos hayamos acostumbrado a tratarla como una enfermedad del pasado. Es más cómodo imaginar un bacilo antiguo que reconocer una injusticia contemporánea. El microscopio identifica el Mycobacterium tuberculosis, pero no muestra la celda donde las personas duermen a pocos centímetros unas de otras; no registra a la mujer que abandona el tratamiento porque debe elegir entre acudir al servicio de salud y garantizar el alimento de sus hijos; no mide la violencia de quien tose en la calle y advierte que, antes de recibir cuidados, recibirá distancia.

En las prisiones de las Américas, la tasa de tuberculosis llega a ser cincuenta veces mayor que en la población general. No se trata de una fatalidad biológica del encierro, sino del resultado previsible del hacinamiento, la ventilación insuficiente, el diagnóstico tardío, los traslados frecuentes y la interrupción de la atención. Una sentencia judicial priva de la libertad, pero no debería suspender el derecho a la salud. Cuando el encarcelamiento produce dolencias evitables, la pena deja de limitarse a los expedientes para inscribirse en los pulmones.

Existe además una ilusión peligrosa: la de que la tuberculosis permanece tras los muros. Las personas entran y salen de los establecimientos penitenciarios, los trabajadores regresan a sus casas y las familias realizan visitas. La prisión no es una isla epidemiológica. Negligenciar la tuberculosis en el ámbito carcelario es también exponer a toda la comunidad. Defender la salud en las prisiones no significa relativizar las responsabilidades individuales, sino asumir una responsabilidad colectiva básica. El bacilo no consulta antecedentes penales antes de circular.

En las calles, la enfermedad halla otra forma de confinamiento: la ausencia de domicilio, de descanso, de una alimentación adecuada y de continuidad. Solemos recomendar que la persona tome correctamente sus medicamentos, los conserve y acuda a las consultas. No obstante, ¿dónde guardar las pastillas cuando no se tiene hogar? ¿Cómo mantener horarios cuando el día se organiza en torno a la búsqueda de comida, refugio y protección? ¿Cómo exigir adherencia sin ofrecer condiciones de existencia? Denominar a esto simplemente «abandono del tratamiento» suele transferir al individuo el abandono originado en las instituciones.

El mismo mecanismo afecta a migrantes, pueblos racializados, comunidades periféricas, personas que viven con VIH, personas con sufrimiento mental y familias sometidas a la inseguridad alimentaria. La vulnerabilidad no reside en el cuerpo como un defecto personal; es producida por políticas, fronteras, mercados laborales, sistemas penales y redes de protección insuficientes. No existen grupos naturalmente vulnerables, sino personas colocadas una y otra vez en situaciones de vulnerabilización.

Brasil y Chile poseen sistemas, territorios e historias diferentes, pero comparten una pregunta latinoamericana: ¿queremos eliminar la tuberculosis o apenas reducir sus cifras hasta que desaparezca del campo de visión de los más protegidos? Su eliminación exige un diagnóstico rápido, medicamentos, vigilancia y equipos cualificados, pero también demanda vivienda, ingresos, alimentación, ventilación, protección social, reducción del hacinamiento carcelario y continuidad de la atención tras la liberación. Sin abordar estos determinantes, celebraremos pequeños descensos mientras preservamos la máquina que produce nuevos casos.

Asimismo, necesitamos revisar el lenguaje. Decimos «faltoso», «no adherente», «población de riesgo». Las palabras técnicas pueden ocultar juicios de valor. La persona que no regresó tal vez no tenga dinero para el transporte; la que interrumpió el tratamiento pudo haber sido desplazada de su territorio; la que llegó tarde quizás pasó meses escuchando que su tos era solo consecuencia del frío, del tabaco o de la vida en la calle. Antes de preguntar por qué no se adhirió, deberíamos preguntarnos a qué tipo de cuidado esperábamos que se adhiriera.

La respuesta a la tuberculosis será incompleta mientras se construya únicamente para las personas que logran llegar al servicio, comprender sus normas y permanecer en él. La atención debe atravesar muros y recorrer territorios; integrar la salud, la asistencia social, la justicia, la vivienda y el trabajo; buscar activamente, diagnosticar temprano, acoger sin humillar y sostener el vínculo después del alta. Sobre todo, necesita reconocer a la persona antes que al caso epidemiológico.

Hay algo profundamente perturbador en morir, en pleno siglo XXI, de una enfermedad curable. Más inquietante aún es comprobar que estas muertes no se distribuyen al azar: siguen el mapa de la pobreza, el encarcelamiento, el racismo, el hambre y la invisibilización. La tuberculosis funciona como una radiografía moral que ilumina no solo los pulmones comprometidos, sino también las fracturas de nuestras democracias.

Por ello, combatir la tuberculosis es más que interrumpir una cadena de transmisión: es interrumpir una cadena de indiferencia e inequidades. Cada diagnóstico tardío en una celda, cada tratamiento perdido en la calle y cada muerte evitable plantean una pregunta incómuda a los gobiernos y a la sociedad: ¿cuánto sufrimiento seguimos dispuestos a considerar normal mientras permanezca concentrado entre aquellos que casi nunca tienen voz?

La bacteria es ancestral; el abandono, en cambio, es una elección renovada todos los días.

Carlos Eduardo Rodrigues Toledo | Farmacéutico sanitarista | Investigador en salud pública y tuberculosis | Maestro y doctorando en Epidemiología en Salud Pública por la ENSP/Fiocruz, Brasil. |carlostoledo.org

Texto en idioma original.

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