Las Copas del Mundo de fútbol han sido escenario de apariciones de jugadores que, en cuestión de semanas, pasan del anonimato a la fama. Sin embargo, no todos logran mantener ese nivel de rendimiento una vez finalizado el torneo. Varios casos ilustran cómo el torneo puede elevar temporalmente a futbolistas que luego no consolidan carreras destacadas.
Salvatore Schillaci llegó al Mundial de Italia 1990 como suplente de la selección local, tras una temporada en Juventus. Ingresó en el partido inaugural contra Austria y marcó el gol de la victoria. A partir de ese momento se convirtió en titular y terminó el torneo con seis goles, obteniendo el Balón de Oro y la Bota de Oro. En las temporadas siguientes no repitió ese rendimiento en Juventus ni en Inter de Milán, donde enfrentó lesiones y pérdida de protagonismo. En 1994 se marchó a Japón para jugar en el Júbilo Iwata, donde finalizó su carrera.
Oleg Salenko, delantero ruso que militaba en el Logroñés español, protagonizó un hecho histórico en Estados Unidos 1994. Tras dos derrotas de Rusia ante Brasil y Suecia, Salenko marcó cinco goles en el último partido del grupo ante Camerún, récord que ningún jugador ha igualado en un solo encuentro de Copa del Mundo. Con seis tantos en total, compartió la Bota de Oro con Hristo Stoichkov, pese a haber disputado tres partidos. Posteriormente pasó por Valencia, Rangers y varios clubes, sin lograr consolidarse como figura internacional.
Roger Milla representó un caso diferente. El camerunés había sido una figura en Francia durante los años ochenta, pero llegó a Italia 1990 con 38 años y prácticamente retirado. El presidente de Camerún, Paul Biya, le solicitó que regresara para el torneo. Milla ingresó como suplente ante Rumania y marcó dos goles, repitiendo la hazaña ante Colombia en octavos de final. Camerún alcanzó los cuartos de final, convirtiéndose en la primera selección africana en lograrlo, y Milla se transformó en un símbolo continental. Continuó jugando algunos años más y volvió a participar en el Mundial de Estados Unidos 1994.
Estos casos ilustran cómo el rendimiento en un torneo de corta duración no siempre se traduce en carreras prolongadas al más alto nivel.

