Al llegar a la casa de Marjorie Figueroa, lo primero que se percibe es la historia de una madre que decidió transformar su dolor en una lucha por justicia. En su cocina, entre las tareas cotidianas y los recuerdos de su familia, Marjorie continúa sacando adelante a sus hijos y sosteniendo una lucha que ya trascendió su propia historia.

Su hogar se ha convertido también en un espacio de trabajo, reflexión y encuentro. Allí continúa recibiendo mensajes de otras sobrevivientes y familias que han vivido experiencias similares, mientras reúne antecedentes, prepara cartas, conversa con medios y busca respuestas de las instituciones.

Tras 4 años y medio de un proceso judicial que marcó profundamente a su familia, Marjorie decidió levantar la voz. Hoy no solo pide justicia para su hija: también busca que las experiencias vividas por otras familias sirvan para impulsar cambios que permitan una mayor protección, acompañamiento y reparación.

¿Cómo encuentras fuerzas para seguir adelante?

Mi fuerza viene del amor que tengo por mi hija, por mi familia y de mi profundo deseo de que haya justicia en este país.

También viene de mi fe en Dios. Cada día le pido que me dé fuerzas y siento que, de alguna manera, me levanta y renueva mi esperanza para seguir adelante.

No ha sido un camino fácil. El abuso sexual infantil es terrible, porque deja graves secuelas en quienes lo viven y también en sus familias. La vida nunca vuelve a ser la misma.

Pero creo que el amor de una madre puede con todo. Y por eso no voy a descansar hasta que haya justicia, no solamente para mi hija, sino también hasta que podamos conseguir cambios reales en las leyes chilenas.

Porque muchas veces las familias sentimos que estamos solas, que no encontramos respuestas y que el sistema no alcanza a protegernos como debería.

Yo sigo luchando porque quiero que algún día ninguna otra madre tenga que sentirse así.

¿Qué espera hoy de las instituciones de justicia?

El 16 de julio de 2021 me enteré, por mi hija, de que había sido víctima de abuso sexual reiterado desde los 9 hasta los 14 años. Ese día mi mundo se cayó a pedazos.

Desde entonces comenzó un proceso judicial muy doloroso. Pasamos por la formalización, las solicitudes de medidas cautelares, la preparación del juicio y finalmente, después de aproximadamente cuatro años y medio, llegó el juicio oral, que se extendió durante ocho días.

Mi hija tuvo que declarar durante tres horas y, durante el juicio, se presentaron todos los antecedentes que habían sido recopilados a lo largo de esos años, entre ellos pericias e informes que daban cuenta del daño y de las consecuencias de lo que mi hija había vivido.

Siento que estos procesos judiciales pueden ser profundamente revictimizantes. Son procesos largos, dolorosos, que abren heridas una y otra vez. Y no solamente afectan a quien sobrevivió al abuso; también afectan profundamente a toda su familia.

Finalmente, el condenado recibió una pena de 10 años de cárcel. Sin embargo, hoy estamos enfrentando una situación que jamás imaginé que tendríamos que vivir: se fugó el 8 de abril de 2026 y lleva 176 días prófugo de la justicia.

Entonces yo me pregunto: ¿qué pasa con las familias que esperan durante años una sentencia y, cuando finalmente llega, tampoco tienen la tranquilidad de saber que esa condena se va a cumplir?

Lo que espero de las instituciones es que esta experiencia sirva para revisar aquello que no funcionó y generar cambios reales. Necesitamos medidas que permitan enfrentar de mejor manera el riesgo de fuga, procesos que reduzcan la revictimización, penas y reglas de cumplimiento que entreguen una respuesta adecuada frente a delitos sexuales graves contra niños, niñas y adolescentes, y un acompañamiento integral para las sobrevivientes y sus familias.

Porque si esto nos ocurrió a nosotros después de tantos años de esperar justicia, ¿cuántas otras familias estarán atravesando hoy un proceso parecido, esperando durante años y con miedo de no encontrar finalmente la reparación que necesitan?

Yo no quiero que mi historia quede solamente como la historia de una madre que luchó por su hija. Quiero que también sirva para que algo cambie.

¿Cómo deberían modificarse las decisiones y el sistema?

Hoy existe una falla grave en el sistema judicial. Las medidas cautelares son insuficientes cuando existe un riesgo real de fuga.

En nuestro caso, se desestimó ese riesgo y hoy Héctor Godoy Cortés lleva 176 días prófugo de la justicia. Para mí, esto demuestra que algo tiene que cambiar.

Si existe riesgo de fuga, deben aplicarse medidas realmente efectivas para asegurar el cumplimiento de la condena. No podemos pedirle a las sobrevivientes que tengan el valor de denunciar, esperar años por justicia y después encontrarnos con que la persona condenada está libre y prófuga.

Por eso mi petición es concreta: medidas cautelares más efectivas, consecuencias más claras frente a la fuga, revisión de los beneficios para quienes cometen delitos sexuales graves contra niños, niñas y adolescentes, y acompañamiento integral para las sobrevivientes y sus familias.

Quiero cambios reales. Mi caso demuestra que son necesarios.

 

¿Qué espera conseguir con su campaña y qué les diría a otras sobrevivientes y familias?

Primero, quiero decirles a las sobrevivientes y a las familias: manténganse firmes. Yo les creo. No tengan miedo de alzar la voz.

Durante este tiempo muchas sobrevivientes me han escrito. Algunas nunca pudieron denunciar, otras guardaron silencio durante años, pero hoy también están pidiendo que existan cambios reales.

Yo no me siento representante de nadie. Soy solamente una madre que implora justicia, y que decidió alzar la voz porque hay fallas que no pueden seguir ocurriendo.

Mi petición es que quienes tienen la responsabilidad de legislar y proteger a las personas escuchen estas historias y trabajen para generar cambios reales.

Los niños no se tocan. El Estado tiene que protegerlos y garantizarles un futuro mejor.

Y mientras tenga fuerzas, voy a seguir visibilizando estas fallas, no solamente por mi hija, sino para que ninguna otra familia tenga que vivir lo que nosotros hemos vivido.