Chile atraviesa un ciclo económico desconcertante, uno que desafía las explicaciones simplistas y las recetas tradicionales de la macroeconomía. Al mirar las cifras oficiales de desempleo, que en el último año se han empecinado en oscilar en una aparente estabilidad, la tentación de la autocomplacencia política es alta. Sin embargo, quienes caminamos las calles, quienes conversamos con los emprendedores en las regiones y quienes revisamos la realidad de los hogares, sabemos que el mercado laboral chileno está herido. Hay una cesantía silenciosa, una que no siempre queda registrada en la frialdad de una planilla Excel, pero que golpea con fuerza la dignidad, la estabilidad y la salud mental de miles de familias.

La verdadera crisis del empleo en nuestro país no se resume únicamente en la cantidad de personas que buscan trabajo y no lo encuentran; se esconde, de manera mucho más peligrosa, en la precarización y en el desencanto estructural de la fuerza laboral.

El espejismo de las cifras y el refugio de la informalidad

Para entender el fenómeno de la cesantía actual, debemos desmantelar el espejismo de los promedios nacionales. Que una región o una comuna registre una tasa de desempleo “controlada” suele ser un síntoma engañoso. Lo que realmente está ocurriendo es que la falta de oportunidades en el mercado laboral formal ha empujado a una masa crítica de trabajadores hacia el subempleo y la informalidad. El comercio ambulante, las plataformas de reparto sin resguardo de seguridad social y los trabajos esporádicos de baja calificación se han transformado en el colchón de emergencia de un sistema que no es capaz de absorber el talento disponible.

El trabajador informal no es un desempleado para la estadística, pero vive en una cesantía encubierta. Carece de cotizaciones previsionales, no tiene cobertura de salud frente a un accidente laboral y habita en la incertidumbre más absoluta de cara al día de mañana. Cuando casi un tercio de la ocupación en Chile depende de la informalidad, la frontera entre estar empleado y estar cesante se vuelve peligrosamente difusa. Estamos construyendo una economía de la subsistencia, donde el esfuerzo diario apenas alcanza para evitar la línea de la pobreza, anulando cualquier capacidad de ahorro, movilidad social o proyección de futuro.

Centralismo y asimetría regional: El dolor de las provincias

Otro factor ciego en el debate público sobre la cesantía es el centralismo asfixiante con el que se diseñan las políticas de fomento al empleo. Las dinámicas de Santiago distan abismalmente de lo que ocurre en las provincias de nuestro territorio. Mientras la capital tiende a diversificar sus servicios, las economías regionales suelen estar encadenadas a la estacionalidad de la agricultura, la volatilidad de la minería o los vaivenes de la construcción local.

Cuando un proyecto de inversión se frena por burocracia, permisología o incertidumbre jurídica en una región, el impacto en el empleo local es devastador. En comunidades más pequeñas, el cierre de una planta o la paralización de una obra civil no significa simplemente reajustar el personal; significa condenar a comunas enteras al estancamiento económico. La falta de incentivos reales para el desarrollo industrial y tecnológico en las regiones obliga a las nuevas generaciones a migrar, descapitalizando el talento local y perpetuando círculos de desempleo y vulnerabilidad que las autoridades centrales parecen no dimensionar con la urgencia requerida.

La devaluación del capital humano y el subempleo profesional

Existe un nuevo rostro de la cesantía en Chile que es profundamente doloroso y frustrante: el desempleo de profesionales y técnicos calificados. Durante décadas, el Estado y las familias realizaron un esfuerzo monumental para masificar el acceso a la educación superior bajo la promesa de que un título universitario sería el pasaporte definitivo a la estabilidad económica. Hoy, esa promesa parece haber caducado para miles de jóvenes y adultos.

Nos enfrentamos a una preocupante desconexión entre la oferta educativa y las necesidades reales de nuestra matriz productiva. El resultado es una cantidad dramática de profesionales cesantes o, peor aún, atrapados en el subempleo, ejerciendo labores de baja cualificación que no guardan relación alguna con sus años de estudio y especialización. Este fenómeno no solo representa una tragedia humana en términos de expectativas rotas y deudas crediticias que se vuelven impagables; constituye también un desperdicio imperdonable de capital humano para el desarrollo del país. Un país que aspira al desarrollo no puede permitirse el lujo de tener a sus ingenieros, profesores, técnicos y científicos manejando aplicaciones de transporte o atendiendo mesones por el sueldo mínimo debido a la falta de un mercado robusto que valore y demande su conocimiento.

La urgencia de un nuevo pacto por la productividad

La solución a la cesantía y a la precarización laboral no llegará de la mano de discursos ideológicos ni de parches estatales de corto plazo. Los subsidios al empleo y los bonos de emergencia son herramientas útiles en momentos de catástrofe, pero son incapaces de sostener una economía en el tiempo. El único camino real y sostenible para combatir el desempleo es reactivar el crecimiento económico a través de la inversión, la innovación y el fortalecimiento de la productividad.

Necesitamos un nuevo pacto social y económico que ponga la creación de empleos de calidad en el centro de la agenda pública. Esto implica, en primer lugar, destrabar de manera urgente la inversión privada, simplificando los procesos regulatorios sin rebajar los estándares ambientales y sanitarios. En segundo lugar, se requiere un apoyo decidido y sin complejos a las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyMEs), que son el verdadero motor de empleo en Chile. Las pymes necesitan flexibilidad, acceso real al financiamiento y un ecosistema que no las ahogue con cargas impositivas y burocráticas en sus etapas de crecimiento.

Por último, el Estado debe asumir un rol estratégico en la reconversión laboral. La automatización, la digitalización y las nuevas tecnologías están transformando los puestos de trabajo a una velocidad vertiginosa. Si no capacitamos hoy a nuestra fuerza laboral en las competencias del mañana, la cesantía estructural no hará más que profundizarse, ensanchando la brecha entre quienes logran subirse al carro de la modernidad y quienes quedan postergados en la obsolescencia laboral.

Por laconexi