Cada mes de septiembre, Chile conmemora sus Glorias Armadas en una ceremonia que debiese convocar a toda la ciudadanía. Sin embargo, persiste una práctica que distorsiona el sentido republicano de la fecha: la realización de homenajes oficiales a la Virgen del Carmen dentro de la Parada Militar.

Es necesario precisar que, en estricto rigor constitucional, Chile no se define explícitamente como un «Estado laico», sino que consagra el principio de separación entre el Estado y la Iglesia a partir de la Constitución de 1925, marco perfeccionado posteriormente por la Ley N° 19.638 de Libertad de CULTO. Esta distinción no es menor: la separación de poderes e instituciones exige que la esfera pública e institucional se mantenga prescindente de dogmas particulares para garantizar el verdadero pluralismo religioso que caracteriza al Chile de hoy.

Las Fuerzas Armadas pertenecen a todos los chilenos y están compuestas por hombres y mujeres de diversos credos e ideologías. Una parte muy sustancial de la tropa y del personal de filas profesa la fe evangélica, ademas de otros credos tales como el judaísmo, adventismo, mormones y ortodoxos entre otros conglomerados . Son jóvenes que sirven a la Patria con vocación y entrega, pero que no se ven reflejan en la imaginería mariana. Incorporar en los actos oficiales símbolos religiosos específicos, como la figura de una virgen, no une a la nación, sino que divide a los chilenos en un espacio donde todos debiesen sentirse de manera libre e igualitaria representados.

Esta falta de neutralidad e insensibilidad institucional ha dejado profundas heridas. La más dolorosa ocurrió en mayo de 2005, durante la tragedia de Antuco. Más de la mitad de los 45 soldados fallecidos eran jóvenes de fe evangélica. Pese a ello, y en medio del desgarro de sus familias, los actos oficiales de conmemoración y exequias se realizaron mediante misas e instancias católicas bajo el amparo del Obispado Castrense. No se empatizó con la convicción espiritual de los caídos ni con el dolor de sus seres queridos, invisibilizando la fe de esos jóvenes en su descanso final.

Con todo el respeto que nos merece la devoción de la Iglesia Católica y de sus fieles, la tradición no puede sobreponerse a la igualdad ante la ley ni al respeto del pluralismo religioso. Evitar que símbolos particulares dividan a la ciudadanía en ceremonias oficiales no significa erradicar la fe del espacio público, sino resguardar la creencia en el fuero interno y comunitario de cada persona.

Avanzar hacia una efectiva separación entre el Estado y las iglesias en el ámbito institucional es indispensable. Solo así contaremos con actos patrios inclusivos y republicanos, donde cada chileno, sin importar su creencia, pueda rendir tributo a la Patria en unidad y con dignidad.

Emiliano Soto. Obispo Emerito de la Mesa Ampliada de las Iglesias Evangélicas y Protestantes