Semblanza y Mirada Íntima: El Arte de Sanar los Vínculos

Hablar de sexualidad es, en el fondo, hablar de nuestra forma de habitar el mundo. Es descifrar el mapa secreto de nuestros miedos, nuestros deseos y nuestra capacidad de conectar con el otro. Durante años, la psicología y la sexología han caminado por pasillos demasiado clínicos, distantes de la piel y de la emoción. Sin embargo, hay profesionales que entienden que el consultorio no es un tribunal, sino un refugio.

Marsella Jiménez es una de ellas. A lo largo de su trayectoria, su consulta se ha convertido en un espacio seguro donde las culpas se desarman y las dudas encuentran un cauce amable. Psicóloga y sexóloga de vocación profunda, Marsella ha visto cambiar las épocas, las tecnologías y las formas en que amamos y deseamos. En esta conversación, nos invita a recorrer su camino y a mirar sin tapujos la intimidad de los chilenos hoy.

Marsella, a lo largo de los años has acompañado a cientos de personas a reencontrarse con su placer y su intimidad Mirando hacia atrás, ¿cómo ha evolucionado la forma en que las personas llegan a tu consulta en comparación con tus inicios?

En mis inicios llegaban casi siempre en crisis, en pareja y con mucho miedo a ser juzgados. Hoy llegan mujeres solas que quieren entender su deseo sin pareja, hombres que se atreven a decir

‘tengo miedo, no solo disfunción», parejas diversas, personas mayores que dicen «yo también tengo derecho al placer».

Lo que ha cambiado no es solo el motivo, es la pregunta. Antes era

«¿qué tengo de malo?». Hoy es

«‘¿cómo puedo habitarme mejor?»

La pandemia y lo digital rompieron el silencio. La gente ya no quiere solo funcionar, quiere sentirse.

 

Vivimos en una sociedad chilena que históricamente ha basculado entre el conservatismo más rígido y una apertura digital vertiginosa. Desde tu experiencia clínica, ¿cuáles son los mitos sobre la sexualidad que más daño siguen haciendo en Chile?

En Chile convivimos con dos Chiles.

Uno muy conservador que nos enseñó que el sexo es deber, y otro hiperconectado que nos vende que el sexo es rendimiento.

Tres mitos nos siguen haciendo mucho daño:

Primero, que la mujer buena no desea mucho, y si desea después de los 50, es rara. Falso. El deseo no tiene fecha de vencimiento.

Segundo, que el hombre siempre tiene que querer y siempre poder.

Esa exigencia mata la intimidad y crea mucha ansiedad.

Tercero, que hablar de sexualidad con los hijos los incita. Es al revés.

El silencio los deja solos frente a la pornografía.

En mi consulta veo cómo estos mitos se convierten en culpa. Y la culpa es el mayor enemigo del placer.

La hiperconexión, las aplicaciones de citas y la pornografía de fácil acceso han transformado drásticamente el mapa del encuentro humano. ¿Cómo está impactando esta realidad en la autoestima y en la vida sexual de quienes viven en nuestro país?

Las aplicaciones de citas nos dieron libertad, pero también nos pusieron en una vitrina donde nos evaluamos como producto. Eso ha golpeado mucho la autoestima.

Mucha gente me dice «me siento descartable»

Y la pornografía se convirtió en la mala educación sexual de una generación. No porque sea mala en sí, sino porque se usa como manual. Entonces las personas llegan creyendo que tienen que durar, gritar o verse de cierta forma para ser válidas. Lo que veo es mucha ansiedad por el desempeño y poca presencia en el cuerpo.

Mi trabajo hoy es ayudar a volver de la pantalla a la piel. A preguntar:

¿qué te gusta a ti, no qué viste que había que hacer?

 

Para cerrar, mirando el Chile de hoy y los desafíos del futuro, ¿cuál es tu mayor esperanza en cuanto a cómo nos relacionamos con nuestro cuerpo, el placer y el amor?

Mi esperanza es que dejemos de ver el placer como un lujo y lo entendamos como salud.

Sueño con un Chile donde podamos hablar del cuerpo sin vergüenza y del amor sin miedo.

Donde enseñemos a nuestras niñas que su placer les pertenece, y a nuestros niños que ser vulnerable no los hace menos hombres.

Que entendamos que sanar un vínculo no es aprender una técnica, es aprender a quedarse. A mirar al otro con ternura incluso cuando no hay deseo.

Que entendamos que sanar un vínculo no es aprender una técnica, es aprender a quedarse.

Si logramos eso, vamos a tener menos parejas perfectas en Instagram y más parejas reales, que se cuidan, se tocan y se eligen cada día.