El panorama de la participación política femenina en Chile suele venderse con un optimismo que, francamente, raya en la hipocresía. Nos llenamos la boca hablando de paridad de salida en procesos constituyentes, de cuotas de género en las parlamentarias y de discursos bienintencionados sobre el “enfoque de género”. Pero cuando cerramos las puertas del escenario público y miramos lo que pasa dentro de las verdaderas cocinas del poder —los partidos políticos—, la realidad es brutal: a las mujeres se les sigue tratando como invitadas de piedra, útiles para rellenar listas de votación, pero peligrosas si intentan disputar el control real.

El problema no es la falta de capacidades ni de ganas; las mujeres en Chile sostienen las bases de la política comunitaria, las juntas de vecinos, los movimientos sociales y los equipos de campaña. El verdadero cuello de botella es un ecosistema de partidos profundamente patriarcal y endogámico que confunde “dar espacio” con ceder las migajas del poder.

Las cúpulas de los partidos políticos chilenos, tanto de izquierda como de derecha, siguen funcionando bajo lógicas de club de Toby. Los espacios de toma de decisiones estratégicas, el diseño de programas de gobierno y, sobre todo, la asignación de recursos financieros para las campañas se siguen cocinando entre hombres, a altas horas de la noche, en dinámicas informales de las cuales las mujeres quedan sistemáticamente excluidas debido a barreras culturales y a la injusta carga del trabajo de cuidados que el propio sistema no se molesta en conciliar.

Cuando una mujer logra romper el cerco y ascender a puestos de liderazgo partidario o candidaturas competitivas, el costo es altísimo. Se les exige el doble de credenciales que a sus pares masculinos, se escudriña su vida privada y se les somete a un paternalismo asfixiante. A menudo, las estructuras partidarias las instrumentalizan: las levantan como “rostros renovadores” para la foto de campaña, pero las desbancan o les quitan el piso político apenas sus agendas entran en conflicto con los intereses de la vieja guardia masculina.

El empoderamiento femenino en la política chilena no se va a lograr esperando la “buena voluntad” de directivas que ven la paridad como un trámite molesto que exige la ley. Necesitamos una crítica feroz y un cambio estructural que democratice los partidos desde adentro. No basta con financiar talleres de liderazgo los fines de semana; se requiere auditar los fondos de los partidos para asegurar que el dinero de las campañas se distribuya con equidad real, sancionar la violencia política de género que congela las carreras de militantes jóvenes y romper los pactos de silencio e influencia que mantienen las llaves del poder en las mismas manos de siempre.

Mientras los partidos políticos chilenos sigan operando como filtros que asfixian el liderazgo de las mujeres en lugar de potenciarlo, nuestra democracia seguirá siendo incompleta, coja y profundamente injusta. La paridad de cartón ya no es suficiente; es hora de disputar las estructuras que sostienen el privilegio masculino.

Karen Osorio Muñoz