Hablar de Santa Cruz es hablar del alma de la zona central. No es solo una comuna; es el epicentro de un relato que Chile ha vendido con éxito al mundo: el del valle generoso, el vino premiado y la elegancia del huaso de espuela fina. Sin embargo, al caminar por la Plaza de Armas o recorrer las rutas que conectan con Apalta en este 2026, surge una pregunta inevitable: ¿Estamos innovando lo suficiente o nos hemos sentado a descansar bajo la sombra de las parras?
La paradoja de la exclusividad
Santa Cruz ha logrado lo que pocas ciudades en Chile: crear una marca país. Gracias a la visión de pioneros y el empuje de las viñas, el turismo de lujo es hoy una realidad. Hoteles boutique de clase mundial y museos que envidiarían grandes capitales europeas conviven en un radio de pocos kilómetros.
Pero esa exclusividad tiene un filo doble. El desafío actual de Santa Cruz es evitar convertirse en un “parque temático” solo para extranjeros o para el segmento ABC1 de Santiago. El turismo del futuro exige integración. El visitante de hoy no solo quiere una cata de Cabernet Sauvignon de 50 dólares; quiere conocer al artesano de Lolol, al productor de aceite de oliva de los alrededores y sentir que el beneficio del turismo “chorrea” hacia el pequeño comercio local.
Infraestructura: El talón de Aquiles
No podemos ignorar el elefante en la habitación. La conectividad vial y la infraestructura de servicios básicos siguen siendo el punto débil. Mientras las viñas invierten en tecnología de punta para sus procesos, las rutas de acceso a Santa Cruz sufren el desgaste de una demanda que crece más rápido que la inversión pública. Bajo la actual gestión del gobierno de José Antonio Kast, donde la eficiencia fiscal es ley, el municipio y los privados deben ser capaces de articular proyectos de infraestructura vial que no dependan solo de la voluntad central, sino de modelos de concesión o inversión mixta que aseguren que llegar a Santa Cruz no sea una odisea de tacos y baches.
Más allá de la copa de vino
La gran oportunidad de Santa Cruz este 2026 radica en la diversificación. El enoturismo es el ancla, pero el turismo de intereses especiales (astronomía, senderismo por los cerros de Nancagua o turismo rural auténtico) es el que permitirá que el visitante se quede tres noches en lugar de una. Necesitamos que Santa Cruz sea la puerta de entrada a una experiencia regional completa, que conecte el campo profundo con la costa de Pichilemu, creando un corredor turístico imparable en la Región de O’Higgins.
