Cada cuatro años, Chile asiste a una suerte de “silla musical” institucional. Con la llegada de un nuevo gobierno, no solo cambian las caras en los ministerios o las subsecretarías; se activa un mecanismo de desplazamiento tectónico en la administración pública que pone en tela de juicio la profesionalización del Estado y la estabilidad de miles de fuentes laborales.
El cambio de mando no debería ser sinónimo de inestabilidad para quienes operan la maquinaria estatal, pero la realidad nos dice lo contrario. Aquí, el rol de los partidos políticos aparece bajo una luz ambivalente: como motores de cambio democrático, por un lado, y como agencias de empleo para sus militantes, por el otro.
El Estado como botín de guerra
Es una herida abierta en nuestra democracia que los puestos técnicos y administrativos se vean amenazados por el color político del gobierno entrante. Cuando los partidos políticos ven en el aparato estatal un “botín de guerra” para premiar lealtades de campaña, se erosiona la memoria institucional. El costo no es solo humano —padres y madres de familia que pierden su sustento por no tener el carnet de partido adecuado— sino también económico: la curva de aprendizaje de los nuevos funcionarios la pagamos todos los contribuyentes.
La urgencia de una Carrera Funcionaria Real
Los partidos políticos tienen el deber ético de transitar desde el clientelismo hacia la meritocracia. No se trata de impedir que un gobierno instale a su equipo de confianza en cargos estratégicos —lo cual es legítimo para cumplir su programa—, sino de blindar la base técnica que permite que los hospitales funcionen, las becas se paguen y los proyectos de infraestructura no se detengan.
La madurez de nuestra política se medirá el día en que un cambio de gobierno no signifique un terremoto en las oficinas públicas. Los partidos deben entender que su rol es fortalecer las instituciones, no colonizarlas. Mientras la afiliación política pese más que la competencia técnica en el acceso al trabajo, seguiremos teniendo un Estado vulnerable y una fuerza laboral que vive con la maleta hecha cada cuatro años.
Un Ciudadano de pie.
