Con un nudo en la garganta y lágrimas de impotencia en el rostro de su gente, el Club Deportivo Tricolor de Paine vive hoy el día más negro de sus 116 años de historia. La pérdida de su categoría en el fútbol semiprofesional chileno no es solo un resultado deportivo adverso; es el golpe de gracia a un símbolo de identidad, esfuerzo y dignidad rural que se apaga ante la mirada indolente de quienes debieron protegerlo.
Fundado en 1910, Tricolor de Paine no es un club cualquiera. Es el alma de una comuna agrícola que madruga, que trabaja la tierra con las manos agrietadas y que encontraba en cada fin de semana una razón para inflar el pecho de orgullo. El elenco tricolor encarnaba el sueño de toda una comunidad que lucha día a día contra la amarga realidad de sentirse el «patio trasero» de la Región Metropolitana: una tierra que provee al país, pero que solo recibe migajas a la hora de las inversiones y el progreso.
Esta estocada mortal no se gestó únicamente en la cancha. El descenso del histórico cuadro painino es la crónica de una muerte anunciada, labrada tras meses de soledad institucional y un desamparo desolador. Mientras otras comunas respaldan y potencian sus patrimonios deportivos, el Tricolor caminó a tientas, sufriendo la falta de un apoyo real, concreto y comprometido por parte del municipio local. Las promesas se las llevó el viento y las autoridades miraron hacia al lado, dejando a un plantel de jugadores esforzados y a una dirigencia solitaria librando una batalla totalmente desigual contra gigantes de mayor presupuesto.
«No nos dolió perder un partido; nos duele sentir que a nadie con poder le importó que la camiseta de Paine se fuera a pique. Somos el patio trasero donde los sueños se van a morir», señala entre sollozos un histórico hincha del club, reflejando el sentir de miles de vecinos que hoy ven cómo la bandera tricolor cae al barro por la desidia política y la falta de visión comunal.
El fútbol semiprofesional le cierra la puerta a un club que le dio vida a la provincia del Maipo, dejando un vacío imborrable en el estadio, en las plazas y en el corazón de los trabajadores de la zona. Hoy Paine amanece más triste, más sola y con la certeza de que su historia fue pisoteada.
Queda en la memoria de los leales hinchas el recuerdo de los años gloriosos y la esperanza herida de que, algún día, el orgullo de esta tierra vuelva a levantarse, aun cuando las instituciones le hayan dado la espalda.

